A uno lo recibe en la enorme, poco acogedora y acústicamente variable sala de la Bastilla una proyección de un geolocalizador por Internet. Estamos en el mundo actual, virtual, atemporal, lo sobrenatural no existe, lo que no sea mundo de alta burguesía tampoco, si no es la baja (las brujas). Finalmente, la casa (burguesa) de Macbeth es tirada abajo a golpes no sé bien si de mortero, bomba, un caterpillar o todo eso junto. Los programas de sala son a veces útiles. En el de esta función, el director de escena (ganador del premio a la mejor puesta en escena en Italia por su versión -discutible y gélida- de El jugador de Prokofiev en la Scala- y al parecer autor de un sacudidor Oneguin que no pude ver en el inicio de la presente temporada parisina en septiembre), afirma nada más empezar su artículo: “Durante mucho tiempo, no comprendí nada…
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