Es tan poco frecuente ver esta gran obra (hasta ahora, una sola vez en mi vida, en Amsterdam, y muy bien hecha, en el año 2000 con un entonces apenas conocido Beczala en el rol del ‘pastor’), es tan importante que entre en el repertorio de un teatro (y más si es en París, con cuya música y cultura el autor tenía no pocas afinidades, aunque más fuera atraído -empezando por lo sentidos, que es por donde siempre se habría de empezar- por Italia, en particular el sur, y el Oriente), que uno hace malabarismos para encontrar el hueco para ir a verla. Me tocó el estreno. Que se resolvió en una sonora pitada (muy merecida) mezclada con los bravos de rigor de conocidos y esa parte del espectador que tiene que ser ‘progre’ y ‘esnob’ por fuerza. Generalmente cuando hay vínculos ‘patrióticos’ entre, por ejemplo, un autor y un director de escena, las…
Comentarios