Aterido, mal dormido, con nieve, retrasos, saltos mortales para llegar a tiempo, ver desde afuera el edificio de la actual Opera de Francfort y recordar el de la Alte Oper (magnífico, pero que hoy se usa para conciertos, musicales y un vasto etcétera), uno entra más bien mal dispuesto. El interior es cómodo, la acústica buena, el servicio de prensa y la atención de los encargados de sala perfectos, la gente parece simpática y nada ‘snob’. Cuando se instalan a mi lado tres jóvenes (en el medio la muchacha) y empiezan a hablar de la ópera, doy un respingo. Saben perfectamente qué quieren ver y por qué están ahí. Los violines atacan ese preludio que hace muy exactamente 58 años me atrapó y me ganó para la causa (perdida, una más) de la ópera en un teatro muy humilde, el que se podía permitir pagar mi abuelo inmigrante sin éxito, y pienso…
Comentarios