Contento, me imagino, habría estado ese día don Alejo Carpentier, con esa obsesión suya de ‘fusionar’ lo ‘europeo’ con lo ‘latinoamericano’. Contento, más sonriente que de costumbre, se veía a don Claudio Abbado: el parco maestro italiano parecía satisfecho con estos jóvenes con los que por primera vez dirigía en Europa, tras tantos viajes a Venezuela seducido por los resultados del ‘sistema’ de otro don, José Antonio Abreu. Inaugurando la serie de conciertos de Pascua en el enorme auditorio de Lucerna con un día primaveral como pocos, fue otra inyección de optimismo la frescura y el entusiasmo de estos chicos (no hace falta que diga que incluyo a las ‘chicas’: me parece excesivamente redundante y francamente idiota y de mala conciencia escribir todas las veces masculinos y femeninos…). Lo miraban a Abbado con admiración pero sin…
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