Debo confesar que acudí a esta velada musical con cierto recelo ante una obra que no se ofrecía en su versión orquestal, vastamente conocida. Este recelo quedó de inmediato a un lado frente a la enorme fuerza que se desprende de esta trascripción, que la aproxima bastante en sonoridad a los Catulli Carmina que años más tarde elaboraría el propio Orff y también a las Bodas stravinskyanas, en la que ambas obras abrevan con desparpajo. Despojada de sus brillantes colores orquestales y sus variados recursos tímbricos, la partitura resulta mucho más reconcentrada y ascética, lo que permite centrar la atención en otros parámetros, como su inmensa riqueza rítmica -plagada de síncopas-, los tremendos contrastes dinámicos o la simplicidad, tanto melódica como armónica, de su lenguaje, firmemente asentado en lo tonal o, más precisamente, en lo…
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