Juventud, divino tesoro,/ ¡ya te vas para no volver!/ Cuando quiero llorar, no lloro.../ y a veces lloro sin querer Así empieza la poesía del título (tal vez convenga hoy aclarar que su otrora famoso autor -de estos otrora famosos versos- se llamaba Rubén Darío). En Bruselas y el norte de Europa llueve y hace frío luego de días estivales en la primavera que suele ser el mes de mayo. Y los que nos ayudaron a crecer en uno o muchos aspectos son cada vez menos ‘desde esta ladera’ (creamos o no en la otra u otras). Cada vez que uno parte el agujero negro se agranda y nos hacemos, los que quedamos, que tampoco somos todos aquellos, más viejos porque más solos; enfermos más que de las inevitables enfermedades y deterioros, de pura y simple ausencia, falta, carencia perpetuas. Porque será cierto, sin duda, eso de que nadie es irremplazable,…
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