La memoria de dos sonrisas sarcásticas y de la imagen del azul eterno de los Campos Eliseos es, desde luego, un balance algo pobre para una puesta en escena del Festival de Salzburgo. Las dos sonrisas sarcásticas fueron de diferente índole. La primera, no la pude evitar cuando Euridice muere por segunda vez y, también por segunda vez, Orfeo se queda solo en el escenario, con el vestido rojo de su esposa en las manos. Por supuesto, acaba intentando matarse con él. La segunda me salió cuando, en la última escena, se vio el “magnífico templo dedicado a Amor” lleno de parejas discutiendo, agrediéndose o terminando su relación ante la mirada atónita de Orfeo y de Euridice. Era la glosa a las palabras que acaba de cantar Amore: “Compensa a mille pene amato amor!” Su tercer mérito es haber sido uno de los montajes más aburridos y previsibles…
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