En medio de los claros y oscuros, del camino de ciegos entre luces de mediodía, noches sombrías y mar calmo o embravecido, los protagonistas ‘perdidos’ de esta obra única, se dejan llevar y tal vez existir (Mélisande), se dejan vivir (Geneviève), intentan reaccionar (Pelléas), están y procuran entender (Arkel), empiezan dificultosamente su camino sin entender nada (Yniold) y se desesperan por haber pasado por tantas cosas y seguir sin entender (Golaud). Sólo queda la voz de los que están ocupados con sus oficios (el pastor y el médico) y las figuras sin voz de los pordioseros, de las mujeres que entran al final, de esa hija recién nacida que ni siquiera llora, de ese padre que impide viajar con su enfermedad y que ordena, tarde, viajar cuando recupera su salud y los demás la pierden. Perdidos, literal y metafóricamente. Y cuando empieza…
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