Uno no debería nunca alegrarse de una huelga, y más si es por la defensa de la jubilación. Pero el nuevo anuncio (había ya sucedido) de que la función se daría con los trajes, pero sin la parte escénica, en este caso fue una bendición inesperada. Primero, porque lo poco que quedó de la marcación de Serban fue una tontería supina tras otra (desde el principio Desdemona y Cassio hacen lo posible para que todos pensemos, sin necesidad de Yago, que son amantes, por ejemplo).
Después, porque al concentrarnos en la música, la genialidad y la potencia expresiva de Verdi salieron, si cabe, agigantadas. Orquesta y coro confirmaron su valía repetidas veces demostrada (si bien al principio el coro sonó francamente fuerte y en desequilibrio las voces masculinas con las femeninas). La dirección de Armiliato fue de buena a muy buena, particularmente en…
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