Pensar que era el debut operístico de Thielemann en el festival podía vencer cualquier reticencia. Y desde ese punto de vista, la expectativa se cumplió más que sobradamente. El director y los Wiener (y las puntuales intervenciones del coro) fueron memorables en toda la gama del volumen (desde el pianísimo más alado al fortísimo más brutal), la textura (esas cuerdas, esos vientos, esos metales), el ritmo, la expresividad. Desde ese punto de vista, nunca escuché mejor esta obra todavía tan rara (no sólo por el pasteleo poético-mental del autor, sino por la dificultad material de una realización no digamos perfecta sino buena). Strauss estuvo presente en todo lo que tiene de mejor en este título (y es mucho, aunque tal vez se agradecieran algunos minutos menos aunque Thielemann no esté de acuerdo con los cortes practicados habitualmente, o…
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