Uno se termina sorprendiendo de cosas que en otros momentos se daban por supuestas. Con más merito por tratarse de la Scala, un teatro en el que el recital de canto no levanta pasiones (y menos si no hay de por medio un aria de ópera), la asistencia fue numerosa (pese a que había claros) y, salvo un móvil importuno y las fotos que provocaron un inmediato anuncio (los turistas no tienen piedad ni sentido de la oportunidad), la atención fue en más de un momento total, y la respuesta calurosa (hubo tres bises, dos Schubert y un Beethoven). Harteros es conocida aquí, y apreciada (aunque no se trate de una favorita como en los teatros alemanes que pisa, en particular Munich), por sus interpretaciones operísticas. Creo que pocos estaban preparados para un programa (con cambios respecto del inicial por motivos particulares de la artista) tan ‘a…
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