Mozart y el Teatro Nacional de São Carlos se aman. De ahí, obviamente, el título de esta crónica, escrita en un momento en el que vivimos permanentemente amenazados por la inminencia de un siniestro total. Es un lujo disfrutar la “acústica de época” que ese maravilloso espacio teatral ofrece escuchando música del siglo XVIII y de las primeras décadas del siglo XIX. Hace tiempo que lo pienso: quienes lo dirigen, en lugar de soñar en convertirse en Bayreuth, deberían sacar partido de la joya que tienen entre manos programando el repertorio que le permite lucirse mejor. La cálidez de la acústica del Teatro que, felizmente, no tiene aire acondicionado, empasta de forma increíble los colores mozartianos, dándoles cuerpo y brillo. Además, como se pudo confirmar en esta representación, los intérpretes especializados en su obra no deben de estar…
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