Cuando hace siete años se repuso en Gante en versión de concierto [leer reseña] y provocando otra polémica aunque menos fuerte que la del estreno en 1830, dudaba yo de que en mi vida pudiera ver, y menos representada, esta obra fundamental de Auber y del romanticismo francés (de paso recordemos la admiración que le profesaba, no sólo en palabras, alguien tan poco complaciente con los otros como Wagner). Pero el milagro se ha producido gracias a la gestión de la sala Favart que sigue buceando firmemente en su gran tradición. Esta vez, como es justo, con la colaboración de La Monnaie que ha prestado su coro y orquesta (y un director frecuente en Bélgica), supongo -quizás exageradamente- que como preludio a una futura inclusión en la temporada de Bruselas (sería algo digno de presenciar aunque los tiempos no parecen, hoy, los más propicios).
Comentarios