Francia

La historia es una cerda sucia

Jorge Binaghi

lunes, 14 de mayo de 2012
París, sábado, 14 de abril de 2012. Théâtre du Châtelet. Nixon in China (Wortham Theater Center, Houston, 22 de octubre de 1987). Libreto de Alice Goodman y música de J. Adams. Puesta en escena y coreografía: Chen Shi Cheng. Escenografía: Shilpa Gupta. Vestuario: Petra Reinardt. Luces: Alexander Koppelmann. Video: Olivier Roset. Intérpretes: Franco Pomponi (Nixon), June Anderson (Pat), Alfred Kim (Mao), Sumi Jo (Sra. Mao), Peter Sidhom (Kissinger), Kyung Chun Kin (Chou en Lai), Sophie Leleu, Alexandra Sherman y Rebecca de Pont Davies (Secretarias de Mao). Coro del Teatro (preparado por Stephen Betteridge, asistente del director de orquesta) y Orquesta de Cámara de París. Director: Alexander Briger. Aforo completo

Tras veinte años de ausencia, vuelve a París (y a uno de sus mayores teatros) con notable éxito de crítica y público, uno de los raros títulos líricos contemporáneos que parece destinado a convertirse en un clásico.

Personalmente, no me interesa si se trata de una ‘ópera de la CNN’ como se la llamó despectivamente en el momento de su creación, ni me parece grave que se la pueda escuchar de forma ‘fácil’ aunque los procedimientos reiterativos del minimalismo sigan pareciendo a veces excesivos o cubrir simplemente una falta de ideas. Más me interesa si la obra funciona en un escenario. Y, con reservas, funciona. La principal objeción sería que aunque hay interacción (el encuentro de los dos protagonistas, el banquete oficial con su ballet ‘rojo’ y los recuerdos finales de ambas parejas) en realidad todos parecen aislados en sus respectivos mundos, sean privados o públicos, y lo que más se refleja es su desconexión con el mundo real, pese a que se trate de las figuras de que se trata y del momento histórico que viven. Y por eso lo mejor son las ‘arias’: desde ese punto de vista, la única gran escena de Jiang Quing (la señora Mao) es el punto culminante, tanto por la escritura vocal como por la relevancia dramática, al final del ballet revolucionario. Allí mismo, en la confusión que se crea en Pat, y en cierta medida en Nixon, existe el mejor momento de la obra, mientras que la larga escena de la visita de la señora Nixon a instituciones y grupos ‘públicos’ y sus comentarios (hacia adentro y hacia afuera) resulta francamente larga. El final, en cambio, interesante, parece, pese a las repeticiones, dejar una sensación más bien triste o nostálgica como si la frase que he puesto de título y se escucha en la ópera resultara ya entonces clarísima y sin nada que oponerle (por otra parte, pensar que hace veinticinco años o estaban todos vivos o seguían siendo muy ‘presentes’ en la vida política de sus países e internacionalmente, llevaría a meditar sobre el famoso ‘tópos’ medieval del ‘ubi sunt?’. No estaría mal, pero ‘Dove sono’, justamente, fue escrito de una vez y para siempre hace bastante más).

El caso es que la obra gustó mucho (en particular al público de las localidades más altas y, comparativamente, más joven). Un signo de su ingreso en el repertorio es que se ha hecho una costosa nueva producción, muy buena y diferente de la famosísima original de Sellars, y que se ha acudido a cantantes no especializados en el repertorio moderno y contemporáneo sino a figuras consagradas o en ascenso en el más tradicional.

© 2012 by Marie-Noëlle Robert. Teatro del Chatelet

La puesta de Chen Shi-Sheng jugó con los decorados de la artista plástica (primera incursión en la lírica) Shilpa Gupta, y dio variedad, intensidad, logró aislar a los personajes en medio de sus acciones públicas y se centró en ellos en lo privado (el ir y venir incesante de los mismos objetos durante el ‘aria’ de Pat reflejaba muy bien la música y la construcción a punto de finalizar de la enorme estatua de Mao en el último acto -lo que obligó a no pocas proezas físicas a Pomponi, que yo sugeriría reducir- fue un golpe escénico). Tal vez el impacto mayor haya venido de la coreografía y actuación de solistas, coro y ballet en la escena de la recepción.

Briger dirigió muy bien a una orquesta que de cámara parecía tener sólo el nombre (de hecho, a veces la dinámica fue extrema y no sé si necesariamente) y tuvo un éxito mayúsculo. También lo tuvieron los cantantes. Kim no parece el Heldentenor que el propio autor sugería para Mao, pero pasados ciertos agudos tirantes iniciales que no le recordaba en partes difíciles más ‘tradicionales’, cantó bien y fue creíble. Pomponi me sigue pareciendo un artista notable que ignoro por qué no es más conocido: cantó e interpretó con soltura y fluidez la nada fácil parte de Nixon aunque -igual que Kim- resultó más simpático y menos siniestro que los personajes a los que encarnaban (pero eso creo que está en libreto y música, y en la dirección escénica). Las tres secretarias tienen una parte casi ‘coral’ bien difícil de concertar, y eso hicieron con total aplomo y solvencia de medios de Pont Davies -la única que conocía-, Leleu y Sherman. Si hay un personaje tratado de forma ‘ingrata’ (o tal vez más ‘justa’ desde la perspectiva histórica -aunque nunca ha sido caricaturesco como aquí) es el de Kissinger, con el que Sidhom se mostró totalmente compenetrado (y divertido). Kyung Chun Kin actuó muy bien, pero su voz de barítono demostró problemas de impostación y de extensión en ese Chou que cierra meditativamente la ópera (aunque poco se nos deje entrever de su enfermedad, cercana muerte y relación hostil con Mao). Las dos figuras femeninas fueron el aspecto de ‘glamour’. Anderson ha dado ya pruebas de su versatilidad estilística, y aunque algún agudo suene áspero en el extremo (me parece un poco imprudente su decisión de abordar ahora por primera vez la Manon massenetiana) su interpretación de Pat fue extraordinaria.

© 2012 by Marie-Noëlle Robert. Teatro del Chatelet

No estaba en cambio preparado para la sensacional Sumi Jo, que además de mantener su técnica y gran parte de sus medios intactos (y hasta con mayor peso que en su carrera anterior) tuvo no sólo la capacidad vocal necesaria para dar cuenta del aria propiamente ‘infernal’ de la señora Mao (uno no pensaría a priori darle la voz de una soprano de coloratura, y menos de una ‘Olympia’), sino que por primera vez me convenció del todo en la aproximación al texto y a la actuación, totalmente liberada de sus tics irritantes.
Uno espera ahora la nueva ópera que Adams está componiendo por encargo de Dudamel y la Filarmónica de Los Angeles.

En lo puramente personal, la presencia de Pomponi y Anderson en el Châtelet me llevó a la última vez que los había visto -aquí mismo y juntos- también en un título moderno y en medio de una huelga de la orquesta: Die Bassariden de Henze [leer reseña]. Y bien, no sólo el tema, sino sobre todo la música me hacen inclinar más la balanza hacia aquel lado como ‘ópera del siglo XX’ (aun reconociendo que su Fedra me resultó, al revés que L’Upupa o las más ‘antiguas’ Boulevard Solitude y Elegía de jóvenes amantes, por citar las que más me interesan, una desilusión).

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