Italia

Rossini in Fieri

Jorge Binaghi

martes, 14 de agosto de 2012
Pesaro, viernes, 10 de agosto de 2012. Teatro Rossini. Ciro in Babilonia (Ferrara, Teatro Comunale, cuaresma de 1812). Libreto de Francesco Aventi, música de G. Rossini. Dirección escénica: Davide Livermore. Escenografía y luces: Nicolas N. Bovey. Vestuario: Gianluca Falaschi. Video: D-Wok. Intérpretes: Michael Spyres (Baldassare); Ewa Podles (Ciro); Jessica Pratt (Amira), Carmen Romeu (Argene); Mirco Palazzi (Zambri), Robert McPherson (Arbace) y Raffaele Costantini (Daniello). Coro y orquesta del Teatro Comunale di Bologna (maestro de coro: Lorenzo Fratini). Director: Will Crutchfield

La inauguración de la presente edición del Rossini Opera Festival, transmitida por radio y televisión en presencia de un teatro repleto (es en lo único en que no he notado los efectos de la temida y odiada crisis, por lo menos en lo que se ve de afuera) fue una nueva producción de esta obra juvenil, nacida como una suerte de oratorio (véase la época del estreno). Un acierto y un deber de un Festival que merezca ese nombre: obras raras que, si no rescatadas del olvido, se puedan proponer por una vez y en condiciones dignas a la atención del espectador; obras nuevas y, sólo en último término, títulos conocidos que por la importancia de la presentación se justifiquen.

Dicho esto y agradecida la oportunidad de tomar contacto directo en forma prácticamente inmejorable (la grabación existente hasta la fecha -o que yo conozco- en Naxos no es como para echar campanas al vuelo), habrá que decir que este joven Rossini, pese a que sólo un año después explotaría en todo su genio cómico y serio, y que ya estaba dando en algunas farsas cómicos muestras sobradas de genio e ingenio (sólo cabe recordar que del mismo año es, incluso, una ópera cómica de gran aliento como La pietra del paragone, frente a la cual la obra que nos ocupa simplemente no existe), demuestra capacidad compositiva e ideas claras sobre exigencias vocales (aunque la dificultad de algunos momentos es sobrehumana y casi siempre innecesaria), pero sin ‘teatralidad’ (en el buen sentido de la palaba), salvo quizás en algunos recitativos y señaladamente en la escena de la prisión que abre el segundo acto de modo memorable para pasar luego a momentos de canto más convencional. Con una duración aproximada a las tres horas habrá que decir que la responsabilidad de que no se instalara el tedio fue de la excelente versión ofrecida.

© 2012 by studio amati bacciardi

No suelo ser un entusiasta del trabajo de Livermore, pero esta su vez su decisión de aproximarse a las superproducciones del cine mudo (y en particular al episodio de ‘Babilonia’ en Intolerancia de Griffith) logró casi un milagro: no hubo personajes, porque no los hay, pero sí distanciamiento, ironía, movimiento, y el uso del blanco y negro en los vestuarios y la proyección de fragmentos de las películas integradas como parte de la escenografía resultó acertadísima. La presencia de público de cine en el escenario, que a su vez interactuaba con los personajes, también fue (quizá un tanto excesivo o reiterativo como elemento) un recurso valioso.

El coro y la orquesta (salvo algún vistoso desliz por parte de algún primer atril en el segundo acto, sumado a un persistente timbre de incendios que casi arruina el festín de Baltasar) cumplieron sobradamente, y la dirección de Crutchfield fue muy estimulante, llena de brío y atenta a todos los detalles, que era lo que hacía falta.

© 2012 by studio amati bacciardi

Por fortuna, sólo la breve intervención del profeta Daniel resultó, si no deficiente, mediocre. A Romeu hay que esperarla en roles de mayor compromiso, pero actuó y cantó con sobrados recursos y profesionalidad. Palazzi es un buen elemento, aunque aquí y allá exhibe esa dureza en la emisión del agudo que otras veces he notado: dice bien, color y grave son muy buenos, pero tendría que resolver ese problema que aparece sólo a veces.

Una grata sorpresa fue la labor de McPherson: una voz de tenor, no bella y con trazas de nasalidad a veces algo molestas, pero de canto inmejorable (como actor, habrá que esperar a otra parte más ‘inspirada’).

Pero los roles ‘expuestos’ son los tres protagónicos y aquí, si bien se puedan tener reservas sobre la calidad y la homogeneidad de la voz de Podles, hay que rendirse a la evidencia de que, a estas alturas, no parece haber otra contralto en el mundo capaz de hacer frente a la vocalidad despiadada de Ciro. Por primera vez la he oído acudir a las últimas reservas para llegar a profundidades subterráneas en el grave, pero lo ha conseguido: fenomenal. Si después hay sonidos guturales o la voz se destimbra en el ascenso al agudo o por momentos el centro se vela, repito, es algo que no existe en comparación de esta empresa heroica (con razón el programa de mano tiene una sección que la cantante firma llamada, simplemente, ‘Il mio Ciro’. Y tan suyo). Su éxito fue arrollador, pero por sobre todo legítimo (y la comicidad deliberada de sus primeros planos filmados, una bocanada de frescura).

© 2012 by studio amati bacciardi

Spyres ha vuelto a confirmar la impresión causada recientemente en La muette de’ Portici en París y antes en su Candide de Amberes: para su juventud, un baritenor perfecto en una parte en la que arriesga mucho (su escena de la locura, poco lograda dramáticamente -pensar lo que sería en el futuro la de Semiramide- fue acogida con grandes aplausos, también merecidos).

Y, last but not least, Rossini ya demostraba su atracción por la cuerda de soprano aunque parecía escribir al mismo tiempo para una ‘falcon’ y para una soprano ligera. Pratt es más bien esto último, de modo que penó un poco en los graves y en particular en el primer dúo (con Baldassare), pero luego trinó, hizo escalas ascendentes y descendentes, messe di voce y emitió agudos estratosféricos a la perfección. Y también mostró, como los otros dos, condiciones de actriz en una situación tan desesperada como la de esta demostración de cómo Rossini logró luego convertirse en Rossini. El cisne de Pesaro tuvo, al parecer, la evolución típica de los cisnes.

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