Un príncipe troyano huído de su patria conquistada por los aqueos, llega a Cartago, recién fundada por una reina fenicia desterrada. El príncipe y la reina se enamoran, pero él debe someterse a su propio destino, que lo llama a Italia para convertirlo en el ancestro de un gran imperio, Roma, que siglos más tarde habrá de destruir a Cartago. La reina abandonada se suicida.
En la Europa de 2013, que tras siglos de racismo y de altivo aislamiento étnico, acaba de descubrir con enstusiasmo el mestizaje y, con menos alegría, las lacras que conlleva ("problemas de integración", "guerra de las culturas", etc.), resulta difícil no caer en la tentación de interpretar este episodio de la Eneida en clave de conflicto "multicultural". En realidad, ni la epopeya de Virgilio ni el libreto de Nahum Tate ni, muchísimo menos, la música de Purcell dan pie…
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