Arturo Toscanini y Willem Mengelberg coincidieron un par de temporadas al frente de la Filarmónica de Nueva York, entre 1926 y 1928. No se arreglaban bien. A Toscanini, quien gustaba de proteger su hermoso craneo bajo elegantes sombreros de fieltro, no le gustaba compartir el firmamento con otros astros. Peleó con Mengelberg, afamado director europeo, e intentó denigrar y relegar a Gustav Mahler en su primera estancia neoyorquina: de Mahler decía cosas que todavía alimentan -bien que de forma superficial- cuentas del rosario de frases hechas de sus actuales detractores. Como si no hubiera que ser grande y vigente para encender pasiones encontradas cien años después de muerto. Toscanini, por otro lado, no era un espíritu fácil, ni dúctil, ni tenía entre sus dones el respeto hacia el otro. Sus comentarios en los ensayos, rayanos en lo…
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