Trude Fleischmann retrató a Furtwaengler en varias ocasiones, entre 1923 y 1930. Los dos primeros retratos que muestro, realizados con dos años de intervalo, son inquietantemente similares: el gran maestro berlinés mira hacia su derecha, y parece asumir con fría disciplina que debe ser retratado. En el tercero, cinco años posterior, Furtwaengler ya mira al frente. Es como si Fleischmann, una prestigiosa retratista -que en 1938 tras la anexión de Austria se exilió, cómo no, a Nueva York, donde retrató a Toscanini-, hubiera ido convenciendo lentamente al maestro para que mirara frontalmente a la cámara. Venciendo recelos. Trasladando una carga pesada, un director-esfinge, del viejo mundo de Beethoven al S. XX. Así era Furtwaengler: aristocrático, distante, preciso, consciente de pertenecer por derecho de cuna a una élite económica y…
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