Fueron aquellos escogidos que no buscaban su mejor ángulo en el espejo del camerino momentos antes de caminar hasta el podio; ellos no tejieron tapices de narcisismo, ansiedad e impostura, ni se ahuecaron las canas para multiplicar sus rasgos aguileños; cada uno con sus matices, dejaron atrás la pesada carga del cabello y vivieron libres, de espaldas al espejo. No representaron un estereotipo, sino que ejercieron un estilo. Y apenas dejaron herederos, porque de todas las cabelleras posibles -que para un maestro no son tantas-, la calvicie es la única realmente inimitable: la calvicie ni se aprende ni se improvisa. Calvo se nace.
Son los despejados. A sus frentes debieran asomarse los que todavía, cabalgando ya el siglo XXI, se fríen el pelo en una tostadora para ser extravagantes (sí, francés: pienso en ti), o quienes cultivan la melena…
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