La traducción del título en el programa, Una esposa para el zar, parece más adecuada que la habitual ya que la elección de la futura zarina (como se la llama a la protagonista en el último acto) se realiza entre otras seleccionadas por un zar que no canta, prácticamente no se ve, pero cuya mirada y decisiones pesan -como en otras muestras del género- en los destinos de todos los personajes.
La lástima es que Tcherniakov, siempre dispuesto a arriesgar para buscar la ‘actualidad’ de una trama, empieza exagerando fuerte con un intercambio de correos electrónicos sobre la creación de un zar virtual para lo que será una filmación (luego, la ficción es eso y los poderes que nos manejan, no sólo a los personajes, son más difusos que una figura concreta). Si uno está dispuesto a seguirlo pueden perdonarse incoherencias, detalles inútiles, algunos…
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