En la presente temporada de París (en la práctica, la última de la que es totalmente responsable el actual director, Nicolas Joël, que será sustituído en septiembre por Lissner, procedente de la Scala y con una temporada preparada por el anterior) han abundado las reposiciones de anteriores producciones con repartos parcial o totalmente distintos sin mayor atractivo que el de uno o dos nombres, cuando hay suerte, por espectáculo. Es lógico en una época de dificultades económicas echar mano de aquello de lo que el teatro ya dispone y dedicar el dinero a los artistas, sobre todo en una casa con dos salas y que levanta el telón todos los días durante muchos meses.
Otra cosa son los resultados concretos. Y en este caso, y con un título tan ‘peligroso’ por conocido y reiterado hasta la saciedad como el que nos ocupa, valió la pena (además de…
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