El 14 de mayo de 1894, el público acudió al Covent Garden preguntándose por qué el teatro había elegido para la inauguración de temporada un estreno de un compositor poco conocido. La respuesta es que Giulio Ricordi, un empresario que sabía doblar el brazo de cualquier teatro para promocionar a su protegidos, había advertido que si el Covent Garden no aceptaba Manon Lescaut no habría tampoco Falstaff para los londinenses.
Por lo demás tanta fe tenía Riccordi en la ópera de Puccini que hasta había llegado a escribir algunas líneas para mejorar un libreto confuso donde habían puesto mano todos los colaboradores indicados en la ficha informativa que encabeza esta crítica. Y el mismo compositor acudió a una première que dejó frío a la mayoría de los críticos, con excepción del mejor de ellos, George Bernard Shaw, que alabó el sinfonismo y las…
Comentarios