Hace cuatro años, Cambreleng recibió un regalo envenenado de manos de Esperanza Aguirre, la entonces Ministra de Cultura: el encargo anacrónico de poner en marcha un teatro de ópera-casa de la cultura al estilo de las óperas cívicas restauradas de la Europa de postguerra. Por tratarse de un proyecto moral los políticos hablaron mucho y alto de qué títulos se iban a representar, incluso de si podían considerarse óperas las historias de pederastas como Peter Grimes o las de negros tarados y drogadictos como Porgy and Bess, pero en ningún momento se notó que importasen cuestiones funcionales tan básicas como qué tipo de teatro se pretendía, cuál era el área geográfica de influencia a la que aspiraba y cuáles eran las estrategias para conseguir ambas cosas.Sería injusto responsabilizar a Esperanza Aguirre y a su equipo de esa concepción…
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