"¿Andrea Chenier?” pregunta el esbirro revolucionario para identificar al poeta antes de hacerlo subir a la carreta que lo llevará a la guillotina. “Son Io!” responde el condenado. Es uno de esos momentos donde la ópera en general, y aún esta relativamente mediocre composición de Giordano, justifica su razón de ser como arte de emociones estereotipadas y extremas que no se expresan cacareando agudos sino con expresiones muchos mas sutiles y profundas: el “son Io!” de Chenier es algo similar al “Sempre!” con que Gilda responde a la pregunta de Rigoletto sobre si todavía ella ama a quien después de violarla atisba flirteando con otra. Y hay muchos otros ejemplos por el estilo, como el “Dienen, dienen” de Kundry, el “Ja...Ja…” de la Mariscala, o el “Vada…” de Mimi. Sin una exhibición convincente de estas perlitas de coronación dramática…
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