Cuando pienso en un difunto, éste vuelve a la vida en mi mente. Por ejemplo, desde hace unos días que se pasea por mi cerebro Rosemary Brown, una pianista aficionada fallecida el pasado noviembre a quien, precisamente, le sucedía lo mismo que a mí. Aunque reconozco que ella traspasó sin complejos el umbral de mi metáfora: aseguraba que se le aparecían los espíritus de compositores muertos.Esta versión de arte y ensayo de El sexto sentido empieza una tarde lluviosa de hace cuarenta años, cuando, según la Sra. Brown, Franz Liszt entró sin llamar en su casa de Londres y, según yo, se alojó en su cuerpo tras fundirle los plomos de la cordura. Lo curioso es que a pesar de lo traumático que debe resultar para cualquiera que un muerto-y además músico- se le introduzca en las carnes, ella no llamó a la policía, ni siquiera a un exorcista, sino…
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