Esa frase la canta en su gran escena final la rival de la protagonista, Seymour. Es una de esas que no son un modelo de originalidad ni de creatividad en los libretos tal vez, pero que le permiten a Donizetti mostrarnos ‘las telas del alma’ (probablemente de la suya sobre todo, que parecen indicarnos siempre la necesidad -y el fracaso- de la tolerancia, el respeto, la comprensión… un humanista, don Gaetano); esta vez reparé en ella particularmente por la forma en que la cantó Simeoni, una artista que cada vez valoro más. Mayor mérito tuvo por tener que enfrentarse en el gran dúo con la diva máxima (con razón) del momento en uno de sus papeles más perfectos. Y no sólo se creció allí sino en cada momento en que le tocó cantar, y para colmo vestida como para salir a cantar el acto de Giulietta de Los cuentos de Hoffmann.
Porque la puesta en…
Comentarios