Esta vez no se trató del gran retorno (aunque también) de algún artista famoso, sino de la propia obra. A ciento cincuenta años de su última representación aquí, donde tuvo lugar su estreno absoluto, era más que oportuno que la séptima ópera de Verdi, que él tanto amaba, volviera a cobrar vida.
Y el principal mérito de Chailly fue justamente el demostrar, ya desde la obertura (que de entrada uno no catalogaría entre las más importantes de su autor), no sólo que creía en esta ópera (lo demostró hace mucho tiempo en Bolonia, y hasta hay un video o dvd, supongo, que lo documenta), sino que sus motivos no son una simple preferencia personal. Yo diría que surgió con fuerza que aquí hay un laboratorio, que los experimentos van en distintas direcciones, y que si el resultado no está siempre a la altura de las intenciones se debe, en primerísimo…
Comentarios