No sólo se ha tratado de la confirmación de que las óperas en concierto pueden figurar dignamente -y con ventaja- sobre las más ‘naturales’ (¿) versiones escénicas. En este caso, y pese a que el libreto de Romani sobre una nadería es bueno (sí, es bueno), no tener que hacerle frente a una versión caligráfica (que si no es al milímetro cae en lo kitsch y lo ridículo) o, peor casi, a una versión ‘modernizada’ que busque hacerse ‘perdonar’ (y termina siendo más ridícula aún), no sólo es un alivio. Sobre todo, permite disfrutar las delicias musicales (con perdón, el belcanto las tiene y no sólo las del difícil virtuosismo hueco) y el indudable genio dramático que a ‘Vincenzino’ le permitía superar la endeblez de libretos (I Puritani) o de argumentos (este mismo caso que hoy nos ocupa).
El ciclo de este bellísimo teatro tiene su razón de ser…
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