En el marco más acogedor y menos desangelado del encantador Teatro Rossini, en pleno centro de la pequeña ciudad, había varias personas a la caza de una entrada. O sea, otro éxito de público y de asistencia para el Festival. Combinado con otras novedades.
Dos debuts ‘in loco’, por empezar. El de la directora, Speranza Scappucci, un nombre que suena con fuerza, y casi más del otro lado del océano, en los Estados Unidos, que en su país de origen, donde, sin embargo, va imponiéndose. Merecidamente. Tiene gesto preciso y decidido y concierta bien. Tal vez deba controlar algo más las dinámicas, pero los tiempos son buenos y la difícil obertura sonó bien (la orquesta, que no es la de Boloña, sonó equilibrada y a buen nivel, y el coro, que tampoco, se desenvolvió musical y escénicamente con algo más que corrección).
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