Esta frase le cantan todos al final del segundo acto al anacoreta Athanael, que se ha obsesionado con convertir a Thais a otro amor, opuesto a éste, el divino. Uno de los momentos musicales más bellos de la ópera, y una muestra más de cómo Massenet, siempre con un polo ‘católico’ o ‘religioso’, presente sin duda en mucha de su música, sabía sobre todo cantar el ‘otro’ amor. Como es cierto que al final el anacoreta se da cuenta, tarde, de haberse equivocado cuando en realidad ama a la cortesana con un amor nada ‘santo’. Y tal vez en ellos radique la ironía tan típica de Anatole France y que ni música ni libreto dejan apreciar. Como en esa estatua de Eros que la pecadora arrepentida insiste en llevarse, pero en un ataque de claros celos el monje le obliga a arrojarla cuando se entera de que es un regalo de su último amante, Nicias (a su…
Comentarios