Uno ha escuchado grandes o muy buenas protagonistas de este rol (la última, aquí mismo, Damrau en un montaje mucho más moderno). Pero sucede que, descontado el fenómeno publicitario, el carisma indudable, y otras cualidades intrínsecas o extrínsecas de Netrebko, uno se queda con la boca abierta sobre todo de su intuición artística cuando escucha una frase como la citada en el título dicha en un modo que permite captar de un golpe en un segundo y sin alardes vocales de ningún tipo la esencia del personaje, uno de los más difíciles de la literatura operística universal. Después, sólo después, vienen los agudos (y el sobreagudo de tradición, el dichoso mi, que correctamente no dio), la belleza vocal, la sedosidad idéntica en todo el registro, el volumen, el timbre oscuro que todavía puede aligerar e iluminar –más que hacer brillar, que…
Comentarios