Una célebre humorada recorría marginalmente el parquet diplomático europeo hace un par de años atrás sobre los prejuicios entre algunos pueblos del Viejo Continente. En el paraíso, se decía, los cocineros son franceses, los policías británicos, los amantes italianos y los organizadores suizos. En el infierno, en cambio, los papeles se revierten y los cocineros son allí británicos, los policías franceses, los amantes suizos y los organizadores italianos. La imaginación no tiene límites a la hora de desdeñar a extraños.
Como ocurre con todas las calumnias cuando se repiten y se repiten, algo queda siempre en el aire y hay quienes todavía suponen, por ejemplo, que con los rusos solo se puede ir al averno y con los húngaros al nirvana o a la inversa. Lo cierto es que esas aprensiones no son nada más que eso: recelos, meras suspicacias y en…
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