Austria

Con Stemme, Elektra es fácil de cantar

Jorge Binaghi

jueves, 13 de julio de 2017
Viena, lunes, 26 de junio de 2017. Staatsoper. Elektra (Dresde, 25 de enero de 1909), libreto de Hugo von Hofmannsthal y música de R. Strauss. Escenografía: Rolf Glittenberg. Vestuario: Marianne Glittenberg. Puesta en escena: Uwe Eric Laufenberg. Intérpretes: Nina Stemme (Elektra), Waltraud Meier (Clitemnestra), Regine Hangler (Crisotemis), Alan Held (Orestes), Herbert Lippert (Egisto), Wolfgang Bankl (preceptor), Ildikó Raimondi (quinta criada), Benedikt Kobel (joven sirviente), Dan Paul Dimitrescu (anciano sirviente) y otros. Coro (preparado por Martin Schebesta) y Orquesta del Teatro. Dirección: Michael Boder. Aforo completo

Estuve aquí mismo cuando se estrenó esta producción (como es sabido, a menos que se trate de un gran bodrio o de algo sumamente escandaloso, Viena rentabiliza todo lo que puede sus espectáculos. Cuando no son logrados, como éste, pues a fastidiarse). Escribí yo entonces, y no tengo ningún motivo para cambiar de opinión, lo siguiente: “Habría que racionalizar las nuevas puestas en escena […]. Y menos si era esta. Que ni siquiera es mala. Es gratuita, tiene errores (no la modernización), quiere hacer mucho y logra poco (ni siquiera escandaliza con las esclavas silenciosas desnudas y duchadas por la fuerza a chorro de manguera seminazi por las guardianas - las criadas que cantan; menos escandaliza el casi incesto en el reencuentro de Orestes y Electra). Lo peor es que no funciona para nada la relación entre las hermanas porque no existe, que la escena tan tensa entre madre e hija se inmoviliza con una silla de ruedas que es utilizada como objeto de agresión sin ninguna fuerza y no sucede nada, que los artistas escasamente pueden actuar o desmelenarse si conviene. Y la guinda es la escena final, que de una soledad total y báquica se convierte en una danza no muy transgresora en una especie de discoteca (faltaban las luces) ante los ojos justamente azorados de Crisótemis, cuyo ‘Orest!’ final parece más bien un llamado de auxilio a bomberos o policía mientras la protagonista desaparece sin dejar rastro.”

También había escrito lo siguiente: “el gran mérito de esta función es el de haber ofrecido a Nina Stemme el debut en el rol principal. Seguramente lo hará mejor en el futuro (no estoy muy seguro de su capacidad para expresar frenesí o violencia, pero seguramente será mayor que la que pudo exhibir aquí), pero vocalmente es perfecta. A veces incluso uno puede llegar a creer que Elektra es fácil de cantar: no se observa el menor esfuerzo en sus agudos asesinos, en los pasos súbitos a medias voces o graves, no parece haber problemas de volumen, se entiende con claridad el texto, y lo que ha logrado mejor es la nota irónica, viperina. No pude nunca escuchar en vivo a la Nilsson, pero vocalmente esta Elektra es la mejor (no me olvido de la gran Jones, superior como intérprete) no sólo de hoy sino de mucho tiempo”.

Con respecto a esto no hay gran cosa que cambiar, pero sí que agregar. La frecuentación del papel en otras producciones, buenas o medianas, pero siempre mejores que esta, la ha ‘flexibilizado’ como artista aunque es cierto que posiblemente nunca llegue ser un volcán en erupción o en el momento antes de explotar. Vocalmente está igual que lo descrito, si no mejor que entonces. No se observan fisuras y cantar Elektra como si se estuviera bebiendo un vaso con agua creo que asombraría al propio Strauss. Fantástica. Merecedora de la gran ovación que la recibió cada vez que se presentó sola al final del espectáculo. No tiene sentido indicar un momento por encima de los demás, pero de tener que hacerlo, ese sería sin duda el de la larga escena del reconocimiento de Orestes, estremecedora.

El resto del reparto era diferente, salvo en el caso de varias de las criadas, confidentes y astrólogas (todas muy buenas, en especial la quinta doncella, la excelente Ildikó Raimondi) y el preceptor de Orestes ( Wolfgang Bankl, correcto como entonces).

Meier es una cantante mítica para algunos, muchos. No para mí. Es una excelente actriz y una cantante inteligente, pero con limitaciones vocales desde siempre, y ahora mucho más. Creo haberle visto Clitemnestra cuatro veces en tres puestas en escena, y sólo me convenció a medias la primera vez que la vi en la producción de Chereau en Milán. No creo que haya que vociferar para este papel, pero tanta ‘reserva’ no es buena para la parte.

Hagler fue también muy aplaudida, como sus colegas, y su Crisótemis es eficaz. Canta bien, con un agudo a veces fijo e hiriente, su voz es de volumen mediano a grande pero no de gran calidad y con poca personalidad, y actúa como se le pide.

Held mantiene aún su prestancia, su color y su volumen, y fue un excelente Orestes, parte difícil, no muy larga, y, como casi siempre con Strauss, no muy agradecida. Eso sí, mucho más que los odiados tenores del compositor; en este caso el ahora característico Lippert que hizo un buen Egisto, aunque no para el recuerdo. Los otros intérpretes masculinos fueron apenas decorosos (Dan Paul Dimitrescu, anciano servidor, y Benedikt Kobel, el joven).

También dije entonces, y vuelvo a repetirme: “El coro apenas interviene y lo hizo bien. ¿Qué decir de esta orquesta, que parece nacida para el compositor (entre otros)? Estuvo memorable. Menos lo fue la batuta de…” y ahora retomo. Boder no lo hizo mal, pero no creo que fuera merecedor de tan grandes aplausos como su predecesor de algunos abucheos. Es cierto que el repertorio del siglo XX y contemporáneo (y cuanto más reciente mejor) le va mucho mejor que el de otros momentos (recuerdo algunas versiones suyas en Barcelona francamente detestables, empezando por La dama de picas), pero con una orquesta así sonar rudo y fuerte con gran brillo es seguramente un mérito, pero no extraordinario.

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