Parece que una obra fundamental como ésta no suele tener la suerte que merece. Ni por la cantidad de reposiciones, ni por la calidad de las mismas. Muchas veces se la juzga más o menos sencilla y lo que preocupa es la puesta en escena. Pues ambos aspectos son importantes y nada fáciles. La nueva versión escénica es de decorado mínimo e insulso, con rayos laser que permiten tildarla de moderna, fea en el vestuario femenino (con premio especial para la desdichada Ännchen y las doncellas del cortejo nupcial de Agathe, a las que, para colmo, se les dio diferentes ‘personalidades’, todas exageradas: la tímida, la insistente, y, sobre todo, la última, un tanto pasada de bebida que termina abducida por los demonios, ignoro si por su afición a la botella). La parte diabólica fue de carcajada, con unos diablillos y animales monstruosos de lo más…
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