En cada pintor, en cada artista plástico moderno hay una parte de Edouard Manet (París, 1832–ídem, 1883) escondida en su ser; ya sea en la época en la que él vivió o en nuestro tiempo. A finales de las década de 1850 Manet rompió con la pintura de salón dominante, creó Olympia (1863), uno de los cuadros más escandalosos del siglo XIX, y se mantuvo admirablemente tenaz, incólume e indómito ante la lluvia de flechas emponzoñadas que lanzaba sobre él la opinión pública de aquel entonces.
La burla, el desprecio, el escarnio de sus coetáneos fueron soportados contumaz e intransigentemente por este artista, cuyas obras admiramos ahora embelesados en estos meses en el Museo von der Heydt, de Wuppertal, competentemente dirigido por el historiador de arte Gerhard Finckh (Bruckmühl/cerca de Múnich, 1952), en una muy interesante, ambiciosa y amplia…
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