Italia

La inagotable vitalidad del verismo

Jorge Binaghi

sábado, 16 de diciembre de 2017
Milán, miércoles, 27 de diciembre de 2017. Teatro alla Scala. Andrea Chénier (Milán, 28 de marzo de 1896). Libreto de Luigi Illica, música de Umberto Giordano. Dirección escénica: Mario Martone. Escenografía: Margherita Palli. Vestuario: Ursula Patzak. Coreografía: Daniela Schiavone Intérpretes: Yusif Eyvazov (Andrea Chénir), Anna Netrebko (Maddalena di Coigny), Luca Salsi (Carlo Gérard), Carlo Bosi (L’Incroyable), Annalisa Stroppa (Bersi), Judit Kutasi (Madelon), Mariana Pentcheva (Contessa di Coigny), Gabriele Sagona (Roucher), Francesco Verna (Mathieu), y otros.. Cuerpo de baile, coro (maestro: Bruno Casoni) y orquesta del Teatro. Director: Riccardo Chailly.
Anna Netrebko como Maddalena di Coigny © Teatro alla Scala

Parece que el verismo, Giordano, y este título en concreto, están volviendo. Todavía para pesar y sorpresa de algunos, o de muchos. No diré yo que revalorizar la ‘giovane scuola’ signifique lo mismo que volver a poner de relieve el repertorio belcantista o verdiano en su integridad y no sólo en títulos populares y famosos desde casi siempre. Pero sí que merece una ocasión, o más..Sobre todo cuando están los elementos para que se los puede verdaderamente apreciar. Como en todos los casos, y a veces más, tiene que haber cantantes adecuados (en general, grandes cantantes) que además sepan decir y actuar ya que el famoso ‘canto de conversación’ o las frases habladas y recitadas cobran un relieve inusitado (basta pensar a una frase como ‘Quanto? Il prezzo!’ en la pucciniana Tosca). Pero también directores que comprendan el estilo (Si Mascagni a veces dirigía sus obras Toscanini estrenó varias). Por último, y más que nunca en este caso, viene la puesta en escena. Y por allí comenzaremos, tal como se indica más arriba por más que yo piense lo contrario.

Martone no es un descubrimiento. Es un excelente director de teatro de prosa y de cine. En sus puestas en escena líricas suele ser prudente o más bien ‘conservador’. Si se trata de inaugurar la temporada de la Scala y hacer frente al a veces temible y siempre caprichoso ‘loggione’, más. Fue un espectáculo con luz, color, vestuario, escenario que gira y permite pasar sin interrupción del primer acto al segundo y del tercero al cuarto (una sola pausa. No se permitió aplaudir ni siquiera a final de acto y mucho menos los números cerrados que piden a gritos un aplauso –o una censura, que era lo que se temía, y en las primeras funciones nadie podía salir a saludar solo…En esta ocasión hubo tímidos aplausos a final del tercer acto y los protagonistas salieron un par de veces primero juntos y luego solos, cosa que era de justicia, pero supo a poco. Giordano puede haber exigido continuidad, pero Chénier no es Parsifal que hoy, por fin, se puede aplaudir a final de cada acto y los artistas saludan juntos y por separado). Su dirección de actores fue muy buena en la medida en que contó con intérpretes creíbles y sólo pareció algo apurado a la hora de tratar el coro que en el primer acto, y parcialmente en el segundo, parecía apiñado. Un espectáculo bueno que se podrá repetir aquí y en cualquier sitio. Que yo sepa hay muchos títulos que requieren justo eso y no descubrir la pólvora.

Chailly es un magnífico director y un apasionado de este repertorio. Aunque a veces sus tiempos eran muy vivos (en particular en la transición entre actos) no compitió con las voces y logró hacer oír con relieve la magnífica labor de la orquesta que en sus manos tuvo la expresividad justa (se sabe que uno de los problemas de estos títulos es el desmelenamiento, real y figurado) y siempre gran categoría. Hablar del coro de la Scala y del maestro Casoni es ya una obviedad. Absolutamente fantástico vocalmente y con un gran esfuerzo, casi siempre coronado por el éxito, en lo actoral.

Esta obra tiene el inconveniente de muchas partes ‘menores’, y algunas no lo son tanto, y en todas cabrían voces de importancia (recuerdo, al pasar, que en la grabación de 1931 con el gran Gigli, la magnífica Caniglia y el extraordinario Bechi, algunas de esas partes de poca importancia las cubrían Italo Tajo y más aún, una tal Simionato y un cierto Taddei, que así se hacían las carreras antes).

Aquí  lo mejor estuvo en el Incroyable de Bosi, realmente el sucesor de los grandes característicos italianos como Di Palma, y  la Bersi de la excelentísima Stroppa, que hoy ya está para papeles de más responsabilidad, pero que se lució en gran forma. Casi lo mismo puede decirse del Mathieu de Verna y un poco menos el Roucher de Sagona. La Condesa de Pentcheva fue una voz importante aunque algo áspera y muy interesante la Madelon de Kutasi, demasiado joven para la parte, demasiado reservada, y, sobre todo, con una voz de mezzo más clara que la que se requiere, pero sin duda digna de ser oída en otros roles.

El interés absorbente era la Maddalena de Netrebko, y demostró una vez más que es una ‘star’ porque se lo merece. Entre la primera representación y ésta su italiano era ahora inmaculado, las frases tenían su sentido, la voz, aunque en algún momento también, como en su reciente Lecouvreur vienesa, demasiado oscura, sólo lo resultó en alguna frase hablada mientras en el canto estuvo soberbia y me quedo corto. Pianísimos alados, agudos potentes, centro y graves robustos, absoluta homogeneidad entre los registros (una lección para los que siempre defienden versiones con varios colores en la voz) y se movió bien. También, por motivos algo más malévolos, había habido una especie de ‘apuestas’ sobre el debut en la Scala de su actual compañero en la vida, el tenor Eyvazov. Si alguien fue con ganas de protestarlo, se tuvo que quedar con ellas. Ciertamente su voz no es bella, pero es potente. Es verdad que ha mejorado mucho su técnica e intenta –con resultados no siempre buenos- las medias voces. Su agudo es su mejor arma y la voz es sólida aunque a veces haya un ligero tremolo (por el momento nada alarmante) en las notas sostenidas. Pareció algo cansado en el último acto y su mejor momento ‘solista’ fue su entrada en el acto segundo y ‘Si, fui soldato’ (aunque en la famosa frase ‘con la mia voce ho cantato la patria’ –es sólo un ejemplo, hay miles en la obra- se echó de menos una voz realmente bella). Como artista se comportó dignamente y sólo sus ojos clavados en Chailly en momentos de supuesta pasión como los dúos molestaron un tanto.

Salsi fue de los tres el que más frecuentación de la parte tenía y su Gérard fue excelente, mejor que cuando lo escuché en París hace menos de un año. Ciertamente no hay cambios en su actuación entre el primer acto y el resto, pero es un enfoque legítimo y que en nada daña la comprensión de un personaje tan interesante –o más- que el del  protagonista.

La sala estaba llena y los aplausos fueron merecidos y muchos, pero seguramente no tantos como casi todos habríamos deseado.

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