Austria

Carmen de Zefirelli, una maravillosa ilustración oleográfica

Jorge Binaghi

martes, 6 de febrero de 2018
Viena, lunes, 29 de enero de 2018. Staatsoper. Carmen (París, Opéra Comique, 3 de marzo de 1875). Libreto de H. Meilhac y L. Halévy y música de G. Bizet sobre la novela de P. Merimée. . Dirección escénica y escenografía: Franco Zefirelli. Vestuario: Leo Bei. Intérpretes: Margarita Gritskova (Carmen), Piotr Beczala (Don José), Carlos Álvarez (Escamillo), Olga Bezsmertna (Micaela), Simina Ivan (Frasquita), Margaret Plummer (Mercedes), Carlos Asuma (El Remendado), Igor Onishchenko (El Dancairo), Orhan Yildiz (Morales), Alexandru Moisiuc (Zúñiga) y otros. Orquesta, coro de voces blancas y coro del Teatro (maestro de coros: Thomas Lang). Director: Jean-Christophe Spinosi. Aforo completo.
Gritskova y Beczala © 2018 by Michael Pöhn

¿Será siempre ésta la ópera más representada en el mundo? Aunque muchas también podrían disputarle el título, en todo caso bien se lo tiene merecido. Tres representaciones sirvieron para hacer durante unos diez días una especie de minifestival de la lírica francesa junto con otro título tan popular como Faust. En este caso el motivo del ‘no quedan localidades’ fue seguramente el señuelo del primer don José en absoluto de Piotr Beczala. Quien en una larga entrevista en la revista del Teatro explica no sólo su concepción del personaje sino por qué, desde que hace un cuarto de siglo debutó en el personaje del Remendado (él dice el Dancairo pero creo que hay una confusión de nombres) estuvo esperando que le llegara a él el momento de cantar el protagonista.

Y como no se trataba de una nueva producción tampoco en este caso los ensayos fueron pocos. Pero al parecer para él fueron más que suficientes. Una interpretación enorme, y no sólo en su aspecto musical. Descontados los momentos líricos, que le van como un guante de seda y aprovechó, los dos últimos actos son sin duda un hueso duro de roer. Que aprovechó para enfocar desde su vocalidad natural, hoy más ancha que hasta hace dos o tres años, pero sin forzar los medios logró transmitir pasión, desesperación, ira sin pasarse al ‘macho ibérico’. El dúo con Escamillo, la escena final del tercer acto y el dúo del cuarto con que se cierra la obra, sonaron de forma magistral. Y sin el aria no hizo el famoso agudo ‘en voz mixta’ (como fue el caso hace cuatro años en el Real) simplemente siguió la tradición de tantos grandes tenores que jamás lo intentaron (dicho sea de paso, Bizet me perdone, nunca me pareció la mejor solución). Aclamado, y con razón.

Escamillo es un personaje que no sé a qué barítono (o bajobarítono) puede gustarle como primera opción, pero muchos grandes lo han hecho (con distinta fortuna), y Álvarez salió con la cabeza bien alta de tan ingrato papel. Cantó con distinción y seguridad, tuvo su mejor momento interpretativo en el dúo con Beczala (últimamente han cantado juntos y se nota esa complicidad entre dos artistas), y si hoy la figura no es la mejor que se pueda pedir tiene suficiente planta.

Micaela es, casi siempre, el personaje que se lleva la ovación más cerrada en su aria pero resulta descolorido. Aquí, Bezsmertna tuvo su buena ración de aplausos, lo hizo bien, mejor que en el primer acto donde el agudo sonaba algo descontrolado y metálico, hizo buenos filados, no se esforzó por darle ningún carácter, y así no deja lograr huella aunque fue un desempeño en general muy satisfactorio.

El caso de Gritskova es distinto: es joven, bellísima, y hasta ahora cantaba en Viena rossinis y mozarts. No seré yo quien diga que están reñidos con Carmen, pero hay que ser Berganza o de los Ángeles para salir con bien del lance. La mezzo rusa engrosó la voz todo lo que pudo, aunque no siempre le funcionó, y cuando le funcionó (escena de las cartas) se pasó de la raya. Le ocurrió lo mismo en las frases habladas o recitadas, bruscas o arbitrarias. Agudo y centro buenos, y caracterización de femme fatale con mucho hombro descubierto, movimientos de caderas, supuestos aires hispanos y una cierta desvergüenza más propia de niña pija que de gitana.

Salvo Moisiuc, que tiene un vozarrón y dice bien pero cuando canta las cosas cambian, todos los comprimarios estuvieron acertados. Destacaría a Simina Ivan (Frasquita), Orhan Yildiz (al que Morales le va como anillo al dedo, muy al contrario que su reciente Belcore en este mismo Teatro) y sobre todo al joven Dancairo, Igor Onishchenko, que parece tener una voz y una estampa de gran interés.

El coro (los coros), magníficos como de costumbre y muy experimentados en sus movimientos. La orquesta sonó extraordinaria y me sorprendió Spinosi, al que he encontrado siempre formidable en el barroco. Salvo tiempos para marearse en los actos extremos –debería calmarse un poco- dirigió muy bien, con sutileza y pasión (me gustaron más los actos centrales, cuando estuvo más ‘medido’ y ‘lírico’ –entreactos de los actos segundo y tercero, por ejemplo, o arias de la flor y de Micaela). No pudo evitar, tampoco él, que en algunos momentos el sonido orquestal prevaleciera sobre el escenario.

La producción venerable de Zefirelli –el último día era la representación número 161, tendrían que aprender algunos teatros más cercanos a no despilfarrar el dinero- lo es con lo que tiene de positivo y negativo: a la gente le gusta, entra por los ojos (se destacan sus decorados, el excelente vestuario, la luz) y es, sobre todo, oleográfica. Se empecina, como siempre, cuanto más espacio tiene peor (en Verona, por eso, era aún más extremo que aquí), en acumular comparsas (al punto que el coro de niños tuvo que cantarse en las candilejas porque ya no cabía nadie; en el cuarto, la primera parte parecía el camarote de los hermanos Marx) y en dejar a los intérpretes un poco sueltos con alguna marcación que parece haber resistido el paso de tiempo, pero se notaba en todos que había bastante de cosecha propia.

Es una ilustración maravillosa; de teatro tiene poco, y no hace falta irse a aberraciones para darse cuenta. En el siglo XXI pertenece a la historia de la puesta en escena operística. Gran éxito de público.

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