Que la última ópera cómica, y la mejor, de Donizetti, pueda tener una lectura no tan cómica no es algo nuevo aunque sí tal vez no demasiado reciente. En cualquier caso, nunca había visto antes una visión tan pronunciadamente ‘melancólica’ o ‘desfavorable’. Y no sé si ha sido la versión de Chailly la que impuso ese tono a la puesta en escena de Livermore, si fue lo contrario, o si fue de mutuo acuerdo. Hasta en los decorados y luces predominan los tonos oscuros, sólo rotos por la escena en que aparece por primera vez Norina.
Para los que recuerdan con afecto, simpatía y/o admiración (ninguno de los adjetivos excluye al otro) las películas italianas de los años cincuenta del siglo pasado, especialmente aquellas en blanco y negro, y en las que participaba una característica magistral especializada en mujer de edad nada bella y de carácter…
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