Francia

De nuevo en la brecha

Jorge Binaghi

martes, 3 de julio de 2018
París, martes, 12 de junio de 2018. Opéra Comique. La nonne sanglante (París, Opéra, 18 de octubre de 1854), libreto de E.Scribe y G.Delavigne sobre The Monk de M. Lewis. Música de Ch.Gounod. Puesta en escena: David Bobée. Escenografía: D.Bobée y Aurélie Lemaignen. Vestuario: Alain Blanchot. Iluminación: Stéphane Babi Aubert. Video: José Gherrak. Intérpretes: Michael Spyres (Rodolphe), Vannina Santoni (Agnès), Marion Lebègue (Agnès, la Nonne), Jérôme Boutillier (Comte de Ludorf), Jodie Devos (Arthur), Jean Teitgen (Pierre l’Ermite), Luc Bertin-Hugault (Barón de Moldaw), Enguerrand de Hys (Fritz/Veilleur de nuit), Olivia Doray (Anna), y otros. Coro Accentus (preparador: Christophe Grapperon). Orquesta ‘Insula’. Dirección: Laurence Equilbey. Aforo completo.
Marion Lebègue © 2018 by Pierre Grosbois

En esta temporada que acaba la renovada Opéra Comique ha vuelto por sus fueros de recuperación de títulos caídos en el olvido o pocos frecuentados (han precedido al presente, y no he podido verlos, Le domino noir de Auber y Marouf de Rabaud, por ejemplo). Pero en este caso que nos ocupa ahora, y con la invalorable colaboración del Palazzetto Bru Zane (Centro para la música romántica francesa, y de cuya actividad ya ha dado cuenta no sólo alguna crítica mía, sino, sobre todo, las que viene realizando aquí mismo Raúl González Arévalo sobre las versiones preservadas en dvd) hemos logrado asistir a una verdadera exhumación porque esta obra sólo se dio once veces el año de su halagüeño estreno para desaparecer hasta este año.

Las causas de ese súbito silencio pueden ser muchas, empezando por las coyunturales de un cambio en la dirección de la Opéra y algunas críticas ‘morales’ al argumento. Aunque no creo que se trate de una obra fundamental de su autor (sin ir más lejos, su primera fatiga lírica, Sapho, me parece más interesante), el segundo intento operístico de Gounod merece que se le dé una oportunidad, y a juzgar por la presencia y reacción del público se podría pensar que hemos redescubierto una gran partitura. Ya desde la larga obertura (en la que presenciamos para mayor claridad el origen de los males que se nos narrarán –el asesinato de una monja por su amante –creído muerto por la prometida que se refugia en el convento hasta que se entera de que el muerto está vivo y casado) impresiona el dominio orquestal de Gounod pese a que la música no sea siempre inolvidable.

La versión musical ha sido prácticamente completa, con algunos cortes menores y la transposición de números del ballet al inicio del segundo acto en la fiesta campesina (la idea no es mala, pero es uno de los pocos momentos en que la dirección escénica conspira contra el sentido tanto del texto como de la música y dificulta seguir la acción), y la dirección de Equilbey al frente de su excelente orquesta (la que recibe el nombre de su sede geográfica, el auditorio La Seine Musicale y se dedica principalmente al repertorio de los siglos XVIII y XIX con instrumentos de la época) ha demostrado talento, conocimiento, afinidad y entrega: ha sido más que pulcra y equilibrada, y no sé si no se la puede llamar ‘definitiva’ en lo que a esta obra se refiere. Lo mismo vale para el coro también creado por Equilbey y muy bien preparado por su adjunto, del que han salido también los roles menores, y que se mueve como verdaderos artistas.

Con una escenografía sucinta pero suficiente, algunas proyecciones, algunos momentos de ‘terror gótico’, y el mayor trabajo posible sobre los personajes la puesta en escena de Bobée puede considerarse acertada. Imposible hacer milagros con una obra que en los tres primeros actos avanza muy lentamente (y de modo a veces francamente discursivo) para resolver todo atropelladamente en los dos últimos. No sólo; tampoco los personajes merecen ser llamados tales a excepción del protagonista, un papel concebido para el sucesor de Nourrit y Duprez, Louis Gueymard, y que sobre todo vive por sus hazañas vocales en sus romanzas y otros números. Salvo su padre, el culpable del enredo, nadie tiene un aria propiamente dicha y cuando en el último acto le llega su turno al barítono ya es tarde para un personaje sin ninguna carnadura. ¿Qué decir de las dos protagonistas femeninas, del mismo nombre? La fallecida, la monja sangrante del título, es una mezzo con algunos momentos de interés, pero no demasiado difíciles, mientras que la que vive y es prometida del protagonista –pese a una situación de luchas entre ambos clanes familiares y casamientos fallidos que recuerdan a Romeo y Julieta- tiene dúos difíciles y alguna nota extrema en escenas de conjunto pero sin lograr nunca lucirse de veras. Incluso la adición –con el beneplácito del ferviente católico que era el compositor- de la figura de Pedro el Ermitaño, que tiene papel preponderante en el primer acto, se pierde luego sin mayores ceremonias.

Por suerte esta vez se pensó bien en el reparto, y salvo algún problema de proyección del bajo Bertin-Hugault, los demás respondieron a lo que se les pedía. Desde los anecdóticos ‘campesinos felices’ de Doray y de Hys (que asimismo cubrió el papel del guardián nocturno), que tienen sus notas difíciles, pasando por el excelente bajo Teitgen (El ermitaño), la buena mezzo Lebègue (la monja en cuestión; de cuidada actuación y notable porte; en cuanto a la voz, es bella, pero no es posible formarse una idea clara de sus posibilidades), el barítono Boutillier (el padre agraciado con un aria de bella factura, ligeramente ‘verdiana’, pero como todos los números de la obra no particularmente memorable), la soprano Devos (justamente muy aplaudida: su paje travestido es el que tiene más recompensa vocal y la cantante, muy graciosa además, lo aprovechó con buen tino), la excelente soprano Santoni (la Agnès real, a la que habría que oír en un papel que le permita poner de relieve sus al parecer notables aptitudes, también como intérprete) hasta llegar al impagable Spyres.

Este tenor tiene una asociación feliz con esta casa, donde ya se hizo valer en La muette de Portici y Le Pré aux clercs. Ahora parece estar en pleno apogeo de sus nada comunes dotes: una voz extensa y homogénea, en esta ocasión más luminosa y con un timbre más bello que en las anteriores, un fraseo incandescente, una técnica de hierro y un estilo notable (su dicción francesa merecería comentario aparte: no se perdió una sola palabra y parecía más nativo que los nativos) aparte de su siempre intensa participación escénica. Hizo las delicias del público en sus arias (bellas sin duda, aunque no sé si merecerían aparecer en un concierto o una grabación) con su excepcional extensión en el agudo y la fortaleza de su centro y grave, pero las partes menos ‘espectaculares’ o los recitativos fueron las que dieron la medida de su altísimo nivel. Bien por él, por Gounod y por la Opéra Comique. En estos momentos no puedo pensar en ningún teatro lírico que cumpla tan bien con el cometido para el que fue creado.

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