Que a los ochenta años de esas leyes inmundas en Italia haya que recordarlas en los programas y carteles y, con caracteres rojos, dedicar la velada a Vittore Veneziani, el maestro de coro que tuvo que abandonar la Scala y que tras la guerra volvió, y a Erich Kleiber que se negó a dirigir en solidaridad con el represaliado, y también a abonados que perdieron sus abonos, dice mucho del estado de las cosas hoy, de la función de la Scala siempre y del valor no sólo musical de la única ópera de Beethoven.
De lo primero, mucho y malo, y no abundo en los últimos acontecimientos de dominio público; de la función de la Scala, siempre puntera en Italia y Milán no sólo por sus espectáculos sino por su compromiso con la cultura y el recuerdo de lo que muchas veces enajena u obstaculiza esa cultura (aunque lamento –pero comprendo- que nadie haya…
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