Discos

Interesante Clemenza con medio Tito

Raúl González Arévalo
viernes, 24 de agosto de 2018
Wolfgang Amadè Mozart: La clemenza di Tito, ópera seria en dos actos (1791) con libreto de Caterino Mazzolà. Rolando Villazón (Tito Vespasiano), Joyce DiDonato (Sesto), Marina Rebeka (Vitellia), Regula Mühlemann (Servilia), Tara Erraught (Annio), Adam Plachetka (Publio). Rias Kammerchor. Chamber Orchestra of Europe. Yannick Nézet-Séguin. Dos CD (DDD) de 141 minutos de duración. Grabado en el Festspielhaus de Baden-Baden (Alemania) en julio de 2017. DEUTSCHE GRAMMOPHON 483 5210. Distribuidor en España: Universa
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La serie que Deutsche Grammophon está dedicando a Mozart bajo la égida de Yannick Nézet-Séguin está cosechando elogios generalizados en cuanto a la dirección y críticas alternas por las irregularidades de los repartos. Para ejemplo, los resultados de esas dos piedras de toque del período de madurez que son Don Giovanni y Le nozze di Figaro, ya comentadas desde estas páginas. Así que lo primero que es justo reconocer en el nuevo lanzamiento de la serie es que La clemenza di Tito alcanza el resultado más equilibrado desde El rapto en el serrallo inicial.

La última ópera de Mozart ya conoce grabaciones referenciales en CD, contra las que tienen que medirse todas las que vienen después, de la mano de Kertész (Decca) y Hogwood (L'Oiseau-Lyre), direcciones maravillosas y complementarias, con grandes repartos entre los que destacan los Sestos referenciales de Teresa Berganza y Cecilia Bartoli, las Vitellias de Maria Casula y Della Jones, y los Titos de Werner Krenn y Uwe Heilmann. Dejo fuera la propuesta magnífica de René Jacobs (Harmonia Mundi), la última que precede a este lanzamiento en la lista de grabaciones, hace ya trece años, porque la óptica barroca que impone en orquesta y reparto difícilmente se puede comparar con la propuesta de Deutsche Grammophon.

Decía a propósito de la dirección de Nézet-Séguin en Las bodas de Figaro que “en un momento en el que la visión barroca de Mozart ha llegado incluso a sus óperas de madurez, el director artístico del Met se remite a la gran escuela germánica, con sonidos ampulosos, volumen generoso, aunque logra imprimir un ritmo teatral, lejos de la solemnidad que antaño dominaba”. Fiel a su estilo, el quebequés sigue por la misma senda también en esta ocasión. Hay elecciones de una lentitud impensable en formaciones con instrumentos originales, más cercanas al barroco, y las secciones más rápidas son vivaces sin lanzarse al desenfreno. Se trata de una visión que resume a la perfección el aria “Parto, parto, ma tu ben mio”: la sección inicial se conduce con el tiempo más lento que recuerde en toda la discografía, mientras que la parte final es veloz pero no la más rápida. Acorde con esta óptica, a pesar de emplear una orquesta de cámara, la sonoridad no suena muy reducida –tampoco sinfónica, bien es cierto– y, en cualquier caso, netamente romántica. Por el contrario, el coro suena más propio de música religiosa barroca en los sonidos blanquecinos, la uniformidad de las cuerdas y la ausencia de vibrato.

El principal impulsor de la serie es Rolando Villazón, en la segunda fase de su carrera, centrado en Mozart. Si su Don Ottavio sorprendía por el ardor juvenil, en esta ocasión se contiene como Tito Vespasiano, buscando probablemente imprimir cierta majestad al emperador. El intento es bueno, pero el intérprete carece de la autoridad en el fraseo que imprime al soberano Gregory Kunde, por citar un tenor que está frecuentando últimamente el papel con excelentes resultados. Algunos giros melodramáticos en el recitativo tienen la culpa, incluyendo golpes de glotis que buscan introducir “lágrima” en la frase: Mozart no es Puccini, en el salzburgués el drama nunca se aleja del estilo y la pureza de la línea de canto. Las arias no le plantean problemas de tesitura, el agudo no está exigido y la coloratura es suficiente, aunque un punto menos fluida que en el pasado. Matiza con piani y medias voces. Pero, de nuevo, el estilo no admite el recurso al portamento. “Se all'impero, amici dei” resume todas estas cuestiones. A la espera de escucha, y a pesar del experimento como barítono (de nuevo el ejemplo de Plácido Domingo en su carrera), es probable que el Papageno que ha encarnado este año en Baden-Baden en La flauta mágica, próximo título de la serie, esté mejor enfocado como personaje, aunque no necesariamente en el estilo, en vista de los retratos que va dejando.

El contraste es particularmente acusado con el Sesto de Joyce DiDonato, la principal razón de interés de esta grabación. Después de la decepcionante Donna Elvira y de que, inexplicablemente, no contaran con ella para Cherubino, la americana regresa a la serie por la puerta grande para dejar su mejor Mozart hasta la fecha. De hecho, no se me ocurre ninguno mejor en los últimos años. El legato de gran escuela (para muestra, las arias), el fraseo y la línea de canto, en estilo, la delicadeza de los trinos y la fluidez de la coloratura, desgranada con precisión y exactitud, la convierten en una de las grandes opciones de la discografía, apenas por debajo, si acaso, de Berganza y Bartoli, que personalmente encuentro voces más atractivas por espesor y timbre.

Otro motivo de curiosidad se centraba Marina Rebeka. Papel tramposo donde los haya, por los agudos para las mezzos y los graves para las sopranos, Vitellia requiere una voz peculiar, y sobre todo homogénea para que no se note excesivamente la separación o las dificultades de registro. La lituana fue saludada como una gran Vitellia. Sin embargo, en el dúo de entrada con DiDonato exhibe un registro grave absolutamente forzado, con sonidos empujados que no son nada agradables. La cuestión mejora en su primera aria, aunque alcanza su mejor momento en la célebre “Non più di fiori”. Iniciada en mezzoforte, la coloratura es realmente buena, y aunque los graves siguen siendo poco cómodos si no problemáticos, al menos no desentonan y el agudo es incisivo. 

En consecuencia, más me ha llamado favorablemente la atención la pareja secundaria. Tara Erraught debuta discográficamente con un personaje principal con este Annio, que causa muy buena impresión, tanta que no es difícil imaginarla como Sesto, sobre todo porque su voz es más oscura que la de DiDonato, al contrario de lo que suele ser la norma en los repartos, que suelen buscar un Annio más claro. Así pues, el contraste entre ambos está asegurado, aunque sea invirtiendo lo que se ha convertido en tradición. Por su parte, Regula Mühlemann da un gran salto desde Barbarina hasta Servilia, merecidamente. Los dúos entre ambas son momentos álgidos de la grabación. Adam Plachetka es un Publio de más autoridad que el propio emperador, lo que dice mucho del intérprete y poco del soberano al que sirve. En definitiva, aunque persisten algunos desequilibrios de conjunto, el resultado final es interesante, aunque no referencial.

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