Obituario

Al dolce guidami

Enrique Sacau

lunes, 8 de octubre de 2018
Montserrat Caballé © Dominio público

Nuestro editor, Xoán M. Carreira, se queja siempre de los obituarios que él describe como “yo, yo y ese muerto de mierda”. ¡Pero es tan difícil evitarlo! Me he levantado con la noticia del fallecimiento de Montserrat Caballé y confieso sentir una tristeza enorme. Ahora me pongo a escribir y solo puedo caer en la trampa que nuestro editor aborrece.

Poco puedo añadir sobre la fallecida que no se sepa ya: los hitos de su carrera, sus famosos y frecuentes desastres, su repertorio interminable, su fraude fiscal, y sus incursiones fuera del mundo de la ópera. Al fin y al cabo, no la conocí personalmente y la vi en vivo solo en el siglo XXI, cuando cantaba francamente mal. Pero es mi favorita porque es la que más me ha conmovido, la que más he escuchado y aquella con la que más he aprendido a ser quien soy. 

Es así que necesariamente tengo que hablar de mí y de cómo he utilizado a Caballé, sus discos y vídeos, para celebrar mis alegrías, sublimar mis frustraciones e incluso para ligar. ¿Quién no tiene una canción que asocia con un beso o una noche en particular? Caballé me ha acompañado muchas veces.

Y es con enorme dificultad que elijo los tres momentos con los que más emociones he sentido y aquellos de los que más he aprendido. Empiezo con “Al dolce guidami” de la Anna Bolena de Donizetti en su recital en directo de la Salle Pleyel en 1966. Con su habitual mezcla de control e intensidad dramática Caballé nos pone en la piel de Anna. Se acerca su ejecución y recrea en su memoria un lugar de paz (“castel natio”) anhelando la vuelta a la inocencia y un amor primigenio, una especie de muerte de Isolda donizettiana. Sin abusar aún de los filados, es a un tiempo delicada y fuerte. 

En San Francisco en 1977 debutó como Turandot y queda una grabación del estreno. Junto a ella, Leona Mitchell y Luciano Pavarotti bajo la dirección de Riccardo Chailly, que tenía apenas 24 años y que dirigía uno de sus primeros espectáculos de campanillas. Caballé era ya famosa por su frágil y testaruda Liù, una interpretación de matices dinámicos increíbles, pero ahora se enfrentaba al papel de mayor peso dramático. Si bien canta con enorme autoridad en el acto II, la sorpresa llega en el tercero. Con enorme inteligencia dramática, Caballé enmienda la plana al (los) compositores y se inventa lo que se considera la más creíble transformación de Turandot en mujer enamorada. Y lo hace porque introduce filados y una messa di voce inverosímil (“sò il tuo nome!”) que solamente Liù habría podido cantar. Así, muerta, la esclava se reencarna en Turandot. Si bien tengo muchas reservas con el personaje de Liù, una chica que siempre he pensado necesita ayuda de servicios sociales para no ser tan boba de acabar dando la vida por Calaf, un machote narcisista e irreflexivo, la representación de Caballé nos recuerda que esta ópera, en su inmenso machismo, sublima a Liù y censura a Turandot: el triunfo musical de la primera sobre la segunda es el triunfo de la inteligencia musical y emocional de Caballé. El triunfo de la débil Liù me ha dejado siempre deshecho. Fue Caballé, y no Puccini ni Alfano, quien encontró la voz adecuada para representar el cambio en el personaje. 

Finalmente, Salomé. Me centro en la grabación en estudio de 1968 con Erich Leinsdorf y me rindo, de nuevo, ante la transformación. La niña, sin duda violada por Herodes (como muestra magistralmente la danza de los velos en la producción de David McVicar para Covent Garden), víctima de una familia destrozada moralmente, reclama su “libra de carne” en forma de la cabeza de su objeto de deseo. A diferencia de muchas otras sopranos, Caballé no le grita a la cabeza de Juan, la ama, y su interpretación es desoladora como debe serlo necesariamente la representación musical de un crimen infantil. No se puede no sentir piedad por esta adolescente inconsciente, víctima de su familia, ni evitar el asco por el beso sangriento que da a ella tanto placer. ¿Quién ha dicho “Ah! Ich habe deinen Mund geküsst” como Montserrat Caballé? Yo creo que nadie.

Me dejo en el tintero todo: Aida, Don Carlo, Ernani, Manon Lescaut, Traviata, Tosca, Roberto Deveureux, Lucrezia Borgia, Andrea Chenier... Y la recuerdo como una de las que han actuado con la voz, que son capaces de sonar tristes o contentas, que son capaces de cambiar lo que uno piensa de un personaje por el modo en que lo canta. Creo haberles ahorrado hablar de mis besos, mis alegrias y mis frustraciones, pero ahí están y ahí estarán y voy a seguir conversando con ella: utilizándola como siempre para intentar entender el mundo, mis emociones y mis ideas, vivir de forma más intensa y, por tanto, vivir mejor. 

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.