Los 350 años de la casa (aunque haya cambiado de salas) se festejan con una nutrida temporada que pretende saldar algunas deudas, por empezar en el repertorio francés. Para la fecha no podía faltar esta ‘gran opéra’ de Meyerbeer, que ingresaba por fin al repertorio del que faltaba desde 1936, con sus grandilocuencias, pero también con sus aciertos dramáticos y sus grandes momentos musicales. Ha demostrado, aunque no todo han sido aciertos, que puede y merece seguir viva, y eso ya es bastante. Pero no es mucho, ni todo. Empezando por lo que tanto gusta hoy, la puesta en escena, que ciertamente admite cambios o descontextualizaciones (sin ir más lejos, la muy acertada de Py en Bruselas no hace tanto), pero no acepta medias tintas. Y aquí hay sí, mucho espectáculo, uso generoso del enorme escenario, cubículos en los que se desarrollan…
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