Reino Unido

Sobre héroes y tumbas

Agustín Blanco Bazán

jueves, 29 de noviembre de 2018
Londres, domingo, 11 de noviembre de 2018. English National Opera (ENO) Requiem de Guerra. Texto de la Misa pro defunctis y Wilfred Owen. Música de Benjamin Britten. Regie: Daniel Kramer. Diseños: Wolfgang Tillmans. Emma Bell (soprano), David Butt Philip (tenor) Roderick Williams (barítono). Orquesta y coros de la ENO dirigidos por Martyn Brabbins. Orquesta de cámara dirigida por Nicholas Ansdell-Evans.
Kramer: War Requiem © Richard Hubert Smith, 2018

Londres, 11 de noviembre de 2018. A las once de la mañana del día once del onceavo mes del año, la anciana monarca de Gran Bretaña volvió al cenotafio londinense para un rito de obsoleto protocolo militarista. La ceremonia instrumenta un armisticio centenario para glorificar no sólo a los soldados muertos durante la Primera Guerra y la Segunda, sino también las subsiguientes, algunas libradas por razones éticamente discutibles. En Gran Bretaña basta con morir en campaña para ser “héroe”, sin distinción sobre si algunos de estos héroes mataron a inocentes en guerras inexplicables. En contraste, Alemania ha reciclado su pasado para abolir el uso de la palabra “héroe” en cualquier contexto militar o casi diría que en cualquier contexto. 

Y lo mismo hace en su Requiem de guerra Benjamin Britten, el gran pacifista y antihéroe británico que se negó a pelear en la Segunda Guerra Mundial. La obra fue escenificada por la ENO cinco días después del teatro en el Cenotafio y en contraste con el anquilosamiento de éste ultimo, coros de hombres mujeres y niños deambularon en la escena vacía de decorados del enorme escenario del teatro, a veces entre montones cuerpos esparcidos en el suelo. 

Todo ello en medio de fotos de cadáveres y mutilados, disturbios callejeros, alusiones a Sebrenica y esqueletos de catedrales góticas destruidas. Pero también se proyectaron bellísimos paisajes y flores, en particular una enorme y muy blanca que preside el Agnus Dei. Una aterradora avalancha de nieve inundó la escena antes del Libera me, y alrededor de la soprano se reunió una multitud frente a una tumba cavada en el proscenio. Fue el gran momento de la formidable Emma Bell, que durante toda la obra se desenvolvió como esa iglesia que no para de acusar en latín a una humanidad rea. Imposible no admirarla en su voz de acero y su vagabundeo errático, tan reminiscente de esa Madre Rusia que también reprocha en el Alejandro Nevsky de Prokoviev. 

¿Tiene sentido escenificar el Requiem de guerra? Algunos preferirán acceder a las imágenes que les sugiera su imaginación simplemente a través de una partitura interpretada en una estricta versión de conciertos sin mayores distracciones visuales. De cualquier manera, la trágica belleza de la escena puesta por Kramer y Tillmans realzó en este caso la sugestión de este himno a la paz y el descanso. Y hay por lo menos un fragmento que pide una teatralización auto sacramental. Sobre el final, un soldado con voz de tenor cuenta que pudo escaparse de la guerra a un túnel hondo sombrío lleno de gimientes adormecidos. Uno de ellos, un barítono, se levanta para mirarlo con dolor y con manos crispadas “como si quisiera bendecir.” Es en ese momento que el tenor, al ver que “los cañones enmudecieron y las bengalas silenciaron sus quejidos”, sugiere al barítono que ya no hay mas causa para llorar. Salvo los años perdidos y las ilusiones sacrificados “a la verdad no dicha, el sufrimiento de la guerra, el sufrimiento refinado de la guerra” comenta el barítono con alguna ironía, antes de proferir esas inolvidables líneas de Wilfred Owen donde un muerto da la bienvenida a otro que hasta ese momento había insistido en creerse vivo: "yo soy el enemigo que tu mataste, mi amigo". Y reemplazada la enemistad por la amistad en una dimensión que no admite guerras, ambos se invitan recíprocamente a dormir juntos. 

Ninguna versión de concierto con tenor y barítono detrás de un atril y en medio de una orquesta puede satisfacer del todo el significado de este momento. Aquí se necesita una escena como la propuesta por Kramer: semi vacía, cubierta de nieve con una tumba abierta y un coro tímidamente intrusivo a los costados, y dos hombres mirándose primero con asombro y angustia, después con tierna admiración y finalmente tomados de la mano. Hasta este momento, el barítono y el tenor se habían movido no solo como enemigos el uno de otro, sino con una perplejidad que traicionaba la enemistad interna, la que cada uno tenía consigo mismo. 

Los soldados muertos cantaron estupendamente, pero más que todo fueron lo que Britten quería que fueran y esto es lo importante. Martyn Brabbins dirigió con diáfana tensión y expresividad y, hacia el final solistas, coro y orquesta se abandonaron a un espectralmente tranquilo anhelo de descansar en paz. 

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