Bajo la alfombra de Enrique Granados

Paul von Hinderburg ordenó hundir el Sussex por considerar a Enrique Granados un objetivo bélico

Enrique Sacau

viernes, 28 de diciembre de 2018
Kaiser Wilhelm II © Dominio público. Uncyclopedia

El hundimiento del S.S. Sussex en 1916, en el que falleció el compositor Enrique Granados, fue uno de los incidentes que provocaron a la postre la entrada de Estados Unidos en la I Guerra Mundial. El buque, en el cual viajaban varios ciudadanos norteamericanos, fue hundido por un U-Boot alemán el 24 de marzo de 1916. Este suceso, según apunta un estudio que verá la luz en 2019, tuvo directa relación con la presencia de Granados a bordo.

Los historiadores de la Gran Guerra han debatido durante décadas los motivos que llevaron al Káiser Guillermo II a atacar intereses estadounidenses. Alemania sabía que la entrada de Estados Unidos en la guerra no podía sino llevar a su derrota. ¿Por qué se arriesgó el Káiser a perder la guerra?

Con motivo del centenario del final de la contienda, el Ministerio de Defensa alemán ha desclasificado archivos que resuelven este enigma histórico. La presencia de Granados en el Sussex no fue una coincidencia, sino el motivo por el cual el crucero fue hundido. 

Granados regresaba de América triunfante después de la calurosa recepción de su ópera Goyescas. Tenía al alcance de sus manos el ser considerado el compositor más célebre de su tiempo. El contraste con la tibia recepción del Caballero de la rosa de Richard Strauss en el MET no pudo ser más claro. 

Según el profesor Rainer Heinz, de la Universidad de Turingia, que ha catalogado la documentación que acaba de ver la luz, Strauss escribió una carta a Paul von Hinderburg ya en 1916 recordándole que la victoria militar debía ser “también una demostración de la supremacía cultural alemana sobre Francia, Rusia, Reino Unido, Italia y España”. En particular, Strauss señala en su misiva “la enorme popularidad y el éxito de Enriqe (sic) Granados que amenaza con eclipsar los méritos de la presente generación de músicos alemanes”. En una inusual doble referencia a Wagner, Strauss añade que “somos una gran estirpe de maestros cantores y el Estado debe luchar con la lanza de Wotan para proteger los intereses musicales de la patria”. 

Heinz relata que, si bien no hay pruebas de que Strauss solicitase el asesinato de Granados (y menos aún que se hiciese con tantas víctimas inocentes), el primer ministro nombró una comisión especial secreta para estudiar “la eliminación de enemigos culturales de Alemania”, de cuya sección musical Strauss fue miembro. En este foro se identificaron enemigos, se ordenaron en función de la amenaza que representaban y se pasó luego la lista al ejército para buscar la 'solución'.  

“No parece que Strauss supiera", dice Heinz, "que se asesinaría a los compositores considerados de mayor rango, pero parece claro por una de las anotaciones en el dossier Granados que tres días antes del hundimiento del Sussex el káiser telefoneó al maestro Strauss para notificarle que el caso Granados estaba a punto de resolverse”. 

El libro de Heinz, que se publicará en alemán en enero y en inglés en abril, se centra sobre todo en música, pintura y literatura, las tres artes que gozaron de comisiones secretas. Se espera que cause enorme conmoción en la historia de la cultura por la participación de importantes artistas alemanes en estas comisiones. Sorprenden, particularmente, el caso Strauss y que Stefan Zweig fuera el presidente de la comisión de literatura. 

Nota de Redacción

Como nuestros inteligentes lectores ya habrán observado, este 28 de diciembre -el día de las bromas en España- Bajo la alfombra de Enrique Granados se escondía nuestra tradicional 'inocentada'. La primera 'inocente' y la más ingenua fue nuestra propia directora, Maruxa Baliñas, que después de quince meses oyendo hablar de Enrique Granados -y ocasionalmente escribiendo sobre él- ya se cree cualquier cosa que se haya podido publicar. Según Maruxa, lo de Hinderburg ordenando matar a Granados no es en absoluto más increíble que esa anécdota recogida por el Padre Villalba de que el niño compositor 'afinaba las escupideras de su casa' y luego tocaba la Marcha Real con ellas. Quede constancia de que nuestra bondadosa directora no fue previamente informada de que el malévolo editor había encargado al gabinete del Dr. Enrique Sacau un perverso producto de humor oxoniano: un ejercicio de 'musicología creativa' académicamente superior. 

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