Alemania

Un dúo con ingenio puro y vigor

Juan Carlos Tellechea

lunes, 24 de diciembre de 2018
Wuppertal, lunes, 5 de noviembre de 2018. Gran sala auditorio de la Historische Stadthalle de Wuppertal. Concierto extraordinario del Klavier-Festival Ruhr 2018. Ludwig van Beethoven (1770 – 1827), Sonata número 8 para piano y violín en sol mayor opus 30/3, Sonata número 9 para violín y piano en la mayor opus 47 (A Kreutzer), Sonata número 10 para piano y violín en sol mayor opus 96. Martin Helmchen (piano). Frank Peter Zimmermann (violín). 100% del aforo.
Frank Peter Zimmermann © Harald Hoffmann

Con indomable temperamento, gracia y enorme virtuosismo se presentó el dúo Martin Helmchen (piano) – Frank Peter Zimmermann (violín) en el Klavier-Festival Ruhr 2018 en la gran sala auditorio de la Historische Stadthalle de Wuppertal. El binomio, formado este mismo año, se ha consagrado al ambicioso proyecto de interpretar las 10 sonatas para violín y piano de Ludwig van Beethoven, a medida que se aproxima la conmemoración del 250º aniversario de su nacimiento en 2020.

Malhaya si un pianista y un violinista no congeniaran íntegra y cabalmente cuando deben trabajar juntos en obras como éstas. La homogeneidad puede irse al cubo de la basura en un santiamén, si uno de sus instrumentos llegara a superponerse al otro en el momento más inapropiado. Ahí sí quedaría pulverizada toda la sublimidad de las piezas. Pero este no es el caso de Helmchen y Zimmermann, quienes cuidan muchísimo los refinamientos que demanda Beethoven, como hemos podido escuchar y apreciar en el pulido de cada nota ejecutada en este extraordinario recital del Klavier-Festival Ruhr 2018 en la gran sala auditorio de la Historische Stadthalle de Wuppertal (neorrenacentista, 1900), magnífica desde el punto de vista acústico y arquitectónico.

Arte, perfeccionismo, elegancia, delicadeza, sensibilidad en la ejecución son las virtudes que han subrayado el consagrado violinista y el renombrado pianista con las tres últimas sonatas, las número 8, 9 y 10 para esos instrumentos, del genial compositor alemán. El Stradivarius Lady Inchiquin de 1711 que perteneció a Fritz Kreisler, un todoterreno de la edad de oro de Cremona, cedido a Zimmermann por la Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen de Düsseldorf, suena dinámico, ágil, vital, juvenil y contribuye en mucho a ese sibaritismo.

La pasión por el detalle y el amor por la música de Beethoven ha llevado a los integrantes de este dúo a tocar como si hiciera años que lo vinieran haciendo juntos, a ciegas, aunque muy concentrados, sin necesidad siquiera de guiñarse mutuamente un ojo cómplice entre ellos.

Partituras delante, tras los primeros compases y en cualquiera de las tres piezas de que se tratara, el duende se apropiaba de la sala. No había ni academicismos ni acartonamientos. El intercambio recíproco, la soltura en el diálogo, el ir y venir en igualdad de condiciones entre ambos se convirtió al unísono en un espléndido e inefable sincretismo, claro, límpido, genuino, cristalino en la expresión. Aquí hubo frescura, ingenio puro y vigor.

Compuesta entre 1801 y 1802 (publicada en 1803), la bellísima sonata número 8 opus 30/número 3 fue dedicada (al igual que las otras dos) al Zar Alejandro I de Rusia, quien pagó a Beethoven 100 ducados por ellas en total, unos 38.400 euros al cálculo de hoy. Pero la vitalidad y energía del Allegro assai; la reflexiva y sosegada conversación entre el violín y el piano en el Tempo de Minuetto, ma molto moderato e grazioso; el júbilo, la vertiginosidad y la incitación a la danza del Allegro vivace que nos entregaron Helmchen y Zimmermann ... realmente ... no tienen precio.

El salto desde esta traviesa sonata número 8 hasta la siguiente es enorme. Más conocida como la Kreutzersonate, la magistral número 9 fue compuesta en 1802 y dedicada al violinista, director y compositor francés Rodolphe Kreutzer, considerado entonces el mejor intérprete de ese instrumento. Irónicamente nunca fue tocada por éste, quien incluso llegó a rechazarla, calificándola de ofensivamente ininteligible.

Al parecer, originariamente la pieza había sido dedicada al británico (nacido en Polonia, de padre etíope) George Bridgetower, quien la ejecutó al lado de Beethoven en su estrenó el 24 de mayo de 1803. Sin embargo, el compositor le retiró furioso la dedicatoria, tras una discusión suscitada por unos comentarios insultantes del músico sobre una dama amiga de Beethoven. Con toda la razón, porque ... ¡eso no hace, no es propio de un caballero, ni siquiera con una copa de más!

Aún cuando León Tolstói no hubiera llegado a escribir su novela La sonata a Kreutzer (1889), todo celoso observador habría podido percatarse al escucharla (y así ocurre) de que el dúo violín-piano alcanza aquí un grado crítico, peligroso de apasionamiento, de fogosidad, de vehemencia. El Adagio sostenuto – Presto – Adagio, al comienzo parco, seco, más agitado después, es una preciosidad. El Andante con variazioni es un dechado de mesura (acentúa la genialidad de Beethoven) que se quiebra con el paso al Finale. Presto en exuberantes oleadas de coloridas tonalidades que concluyen con una acometida de gran júbilo a su término.

La última de las sonatas para piano y violin de este recital, y la décima de Beethoven, compuesta en 1812, publicada en 1816 (tras previos retoques) y dedicada a su discípulo y mecenas el archiduque Rudolph Johannes Joseph Rainer de Austria (arzobispo de Ölmutz y cardenal de la Casa Habsburgo-Lorena) fue tocada por éste en su primera presentación pública junto con el violinista francés Pierre Rode el 7 de enero de 1813. El último de los cuatro movimientos, Poco allegretto, que reúne un conjunto de siete variaciones y una breve coda sobre un tema alegre, fue (una concesión) adaptado a las lúdicas habilidades de Rode, para nada aficionado a los pasajes apresurados y resonantes que prefería Beethoven. Debo reconocer que es una cuestión subjetiva de gustos, pero desde su trino inicial y coloquio burbujeante en el Allegro moderato, su dulce Adagio espressivo, su retozón Scherzo. Allegro, hasta su ligero final, puede afirmarse que la recoleta y excelsa Sonata número 10 para piano y violín es quizás la más hermosa de todas por su perfección y una prueba de fuego para sus intérpretes.

Las atronadoras ovaciones de pie del público fueron agradecidas por Helmchen y Zimmermann con el Adagio de la Sonata para violín número 3 en re menor opus 108, la última asimismo de Johannes Brahms, que generó más efusivos aplausos todavía. El próximo Klavier-Festival Ruhr va desde el 7 de mayo al 19 de julio de 2019, la programación es sumamente interesante, y sus localidades ya están a la venta, como puede verse en la página web de esta joya cultural de la Cuenca del Ruhr.

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