Italia

Recuperando a Donizetti (II)

Jorge Binaghi

miércoles, 2 de enero de 2019
Bérgamo, sábado, 1 de diciembre de 2018. Teatro Sociale. Enrico di Borgogna, Venecia, Teatro Vendramin San Luca, 14 de noviembre de 1818. Libreto de B. Merelli y música de G. Donizetti. Puesta en escena: Silvia Paoli. Escenografía: Andrea Belli. Vestuario:Valeria Donata Bettella. Intérpretes: Anna Bonitatibus (Enrico), Sonia Ganassi (Elisa), Francesco Castoro (Pietro), Levy Sekgapane (Guido). Luca Tittoto (Gilberto), y otros. Coro (preparado por Fabio Tartari) y Orquesta ‘Academia Montis Regalis’. Dirección: Alessandro De Marchi
Donizetti, Enrico di Borgogna © Gianfranco Rota, 2018

Con esta coproducción con Venecia (supongo que porque fue la ciudad, aunque no el teatro, en que se estrenó) el Festival dio una oportunidad al primer intento operístico a gran escala de Donizetti. En 1818 obviamente el ascendente de Rossini era mayor, y aunque el libreto del Castello era del conocido Tottola, el de esta obra pertenece a Merelli, más conocido por su posterior tarea de ‘impresario’ en la Scala. Ahora bien, tratándose de un melodrama serio (o semiserio, dado que la obra tiene un final feliz y hay un personaje bufo -no demasiado y calzado de mejor o peor manera en la trama argumental-) la nueva producción, que gustó a una buena parte del público (probablemente la mayoritaria) a algunos nos dejó, digamos, perplejos. Una vez señalado el hecho poco frecuente de que ambos montajes tenían dirección femenina, no sé si Paoli acertó convirtiendo el original en una especie de comedia bufa consistente (parece que hoy está de moda la cosa, mírese si no el Ernani  de la Scala) en la representación en el Teatro de San Luca -un lugar al parecer muy provinciano y con una compañía y empresario de no muchas campanillas- de la propia ópera sujeta a una serie de contratiempos (empezando por un cantante, el protagonista, que no se presenta y es sustituido por la mujer para todo servicio, y siguiendo por un artista disfrazado de oso que quiere aparecer en la ópera). Probablemente la obra ‘en serio’ no funcione hoy, sobre todo con una música que, si presenta adelantos de Anna Bolena, también sigue y vistosamente la frase más conocida de ‘Di tanti palpiti’ de Tancredi y en la introducción hay ramalazos del Barbiere, y que convierte las críticas a la impersonalidad de Un giorno di regno en papel mojado. Pero ¿qué pensarían casi todos si se hiciera una lectura en este tono de, digamos, La gazza ladra o Linda de Chamounix (al margen de que ambas sean mucho más importantes que la que ahora nos ocupa)? Si uno no cree en la obra lo mejor sería no ocuparse de ella o no renunciar antes de intentar ver si se puede ‘salvar’ de algún modo.

La orquesta de la Academia Montis Regalis actuó a las órdenes de su director estable. De Marchi goza de reputación de notable rossiniano. Yo nunca he podido entender por qué y no será este trabajo el que me haga cambiar de idea. Ataques bruscos, sonido grueso, discurso enfático no me parecen para ningún autor de ninguna época. La orquesta sonó como se le pedía y el coro (masculino) estuvo bien (nuevamente preparado por Tartari). 

Federica Vitali repetía como comprimaria y su Geltrude fue ocasión para oír una voz interesante y una actriz que hizo todas las tonterías que se le pidieron con muy buen humor. El más breve rol de Nicola (pastor) fue correctamente cubierto por Matteo Mezzaro a quien interesaría escuchar en roles de mayor compromiso. Brunone, de mucha más importancia, aunque sin un aria propiamente dicha (a lo más que llega es a una escena con coro), no tuvo suerte con Lorenzo Barbieri, muy suelto de cuerpo pero no de voz.

Nuevamente la asignación de partes revela una filiación rossiniana. Protagonista un ‘musico’ (es decir una mezzosoprano o contralto travestida). Coprotagonista otra mezzosoprano de carácter más convencional o tradicional. Dos tenores, el bueno y el malo de nuevo, el padre adoptivo de Enrico (Pietro) y el hijo del usurpador de su trono que le disputa el mismo y la amada (Guido). Y para rematarlo todo, el bufón Gilberto, en realidad un tímido ‘factotum’.

Bonitatibus (Enrico) me ha gustado siempre, pero sólo la había oído en barroco. Aquí la voz resulta pequeña, tiene tensiones en el agudo, un grave sordo, y un tremolo que la aqueja en toda la tesitura pero especialmente en el agudo. Es una buena artista y lo tiene más fácil al tratarse en realidad de una mujer que tiene que hacer un personaje masculino.

Ganassi (Elisa) lleva años cantando y el timbre ahora está más seco y sólo conserva suntuosidad en centro y grave; el agudo es absolutamente carente de calor. Tampoco las agilidades se le dan como antes, pero tiene mucha experiencia y domina estilo y técnico con lo que puede convertir las limitaciones en algo que conviene al personaje. Claro que si se la viste como a Angela Lansbury (entre la reina de Los tres mosqueteros y Miss Marple) no se acaba de entender por qué es tan disputada.

Castoro es Pietro. No lo conocía antes de esta vez. La voz es bonita y la maneja bien, pero algunos agudos lo exceden y otros graves también. Con todo es una prestación estimable y preferible a la del tan alabado Sekgapane (el malo de turno), que, como en Pésaro, no me pareció nada del otro mundo: una voz entre pequeña y exigua, no particularmente bonita, con algún agudo interesante (generalmente en falsete), y un hombre joven que se desenvuelve bien en escena. 

Será difícil volver a ver esta obra, aun más que Il castello di Kenilworth, en escena (aunque no me parece que la segunda vaya a tener muchas posibilidades tampoco de tener interpretaciones en una temporada normal), y yo me cuidaré mucho de hacerlo en esta misma producción. El Festival ha cumplido con su deber de presentarlas, y hay que agradecerle haberles dado su oportunidad, cualquiera sea el juicio crítico que música, producción e interpretación merezcan.

Hubo algo de público menos que el día anterior, pero más aplaudidor.

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