Alemania

Rachmáninov, con sosiego y frenesí a la vez

Juan Carlos Tellechea

jueves, 28 de febrero de 2019
Düsseldorf, miércoles, 6 de febrero de 2019. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Serguéi Rachmáninov (1873 – 1943), Concierto para piano número 2 en do menor opus 18. Piotr Chaikóvski (1840 – 1893), Sinfonía número 1 en sol menor opus 13 (Sueños de invierno). Solista, Jan Lisiecki (piano). Orquesta Filarmónica Checa. Director, Semyon Bychkov. Organizador Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf. 100% del aforo.
Jan Lisiecki © by Deutsche Grammophon

En materia de música es necesario ser preciso y complejo a la vez. Este es el lema que a todas vistas guía al joven pianista canadiense Jan Lisiecki, efusivamente aplaudido, tras el concierto con la Orquesta Filarmónica Checa y su nuevo director principal, el ruso Semyon Bychkov. El recital fue ofrecido este miércoles 6 de febrero en la gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf y organizador por Heinersdorff-Konzerte.

Lisiecki interpretó brillantemente el Concierto para piano número 2 en do menor de Rachmáninov que parece haber sido escrito para un virtuoso como él. Nacido en Calgary el 23 de marzo de 1995 en el seno de una familia de inmigrantes polacos, y formado primeramente en la Mount Royal University Conservatory antes de perfeccionarse en la Western Canada High School de aquella ciudad y en la Glenn Gould School de Toronto, Jan Milosz Lisiecki es en realidad un niño prodigio adulto antes de cumplir 24 años. Con su estupenda técnica ha demostrado que es capaz de entregar una interpretación clara y exacta en medio del torbellino, del frenesí que imbuye Rachmáninov a su obra.

Antes de comenzar medita ante el teclado y espera paciente a que dejen de oirse los últimos carraspeos, gemidos, espasmos y hasta estertores por expectoraciones mal contenidas de la platea (a veces parece que hubiéramos ingresado por error a un hospital para el tratamiento de enfermedades de las vías respiratorias). El inicio (Moderato) es espectacular, con esos acordes que crean tensión semejantes al tañir de campanas. Cada sonido que emana del piano va creando una atmósfera clara y significativa. Ese crescendo es mucho más que un incremento del volumen. Denota más bien llenar las notas con vida, orientarlas, darles dimensión y permitir que la intensidad crezca más allá de la expresión.

Para hacer esto en el piano y de manera convincente se requiere del intérprete una gran sensibilidad, pero también el talento para variar las tonalidades con las posibilidades de ese instrumento. Estos ocho primeros compases escritos por Rachmáninov, acompañados por un tono bajo, obstinado, concentrado, casi maníaco que aumenta paso a paso, constituyen precisamente uno de los pasajes más concisos de la literatura pianística y que abren al pianista la posibilidad de convertirse en el centro de atención de un concierto de este género.

Lisiecki no solo posee un gran talento natural, sino que es un gran trabajador, un estratega inteligente y ha sido capaz de dar a cada tono una coloración ligeramente diferente; fuerte al principio, suave después. Es como si una pesada piedra cayera sobre un mullido cojín de terciopelo; luego más pesado, como el impacto de un cajón de plomo sobre la tierra; y finalmente acentuado, como cuando una barrena de acero endurecido penetra en la roca o en el hormigón armado.

Lo que siguió fue magia, virtuosismo en el piano, al estilo del período romántico que ama Lisiecki y cuya música siempre ha oscilado entre un toque de devoción erótica, de anhelo voluptuoso y de depresión más profunda. Lisiecki muerde y masca literalmente las teclas en la ejecución.

La melodía de carácter ruso es de una transparencia inmensa. Todo trasunta aqui sosiego. Bychkov mantuvo un control absoluto de la orquesta. Con la batuta en la mano derecha y los dedos de la izquierda fue amasando la música en medio del arrebato que dejó estampado el compositor en la partitura. Desde el lugar elevado en que estábamos sentados podíamos ver los subrayados en rojo que había inscrito el director sobre el pentagrama para poner especial cuidado en esos tramos.

Sin duda, aquí hay escollos que constriñen a cada músico hasta el límite de lo soportable y lo obligan a estar muy atentos a la interacción entre el piano y la orquesta. El piano tiene que brillar como solista, pero reclama asimismo una fusión de sonidos con el conjunto. Rachmáninov concibió la obra de tal forma que el pianista prevalezca frente a esa masa ricamente orquestada que en este caso modeló Bychkov. Lisiecki lo logró con acierto. A veces tuvo que presionar para ello, y es allí donde fueron de gran utilidad esos momentos de especial concentración sobre el teclado.

El segundo tema es mucho más lírico. Las magníficas cuerdas y las maderas del colectivo musical sonaron maravillosamente bien. Todo el conjunto destilaba mucha fuerza y energía en el clímax, pero los momentos más cautivantes vinieron con las intervenciones del pianista (Adagio sostenuto) en diálogos muy reflexivos y de gran entrega con la flauta y otros vientos/maderas. La magnificencia llegó (Allegro scherzando) con los solos de Lisiecki que condujeron a la recuperación de los temas del principio, ahora prohijados por la orquesta con un vigor espectacular hasta el final. Tras las prolongadas ovaciones, el pianista dejó como bis el segundo de los diez preludios opus 23 de Rachmáninov.

Una vez pasado el intervalo, la Orquesta Filarmónica Checa entró de lleno en la maravillosa Sinfonía número 1 en sol mayor (Sueño de invierno) de Chaicovski, raras veces ejecutada en Alemania, para explorar todo lo de inefable y oculto que hay en su música (Allegro tranquillo, Sueños de un viaje de invierno), las recoletas noches en medio de la nieve y el cintilar de la luz de las estrellas.

Aquí, en el elegíaco Adagio cantabile ma non troppo, cuerdas y maderas se encargan de llevarnos a través de la tierra áspera y neblinosa de Rusia a un mundo de fábula; ya no se trata de dulzura, sino de misterio, de cantos melancólicos y de secretos bien guardados en lo más profundo del alma.

El saltarín Scherzo. Allegro scherzando giocoso evoca las fiestas populares, los esplendorosos valses, las graciosas y malabares figuras que trazan los patinadores sobre el hielo. Hasta que en el inicio del Finale. Andante lugubre retornamos a la realidad de los demonios del invierno que amansan con espíritu positivo y enorme irradiación los motivos del folclore ruso y, en especial, una de sus canciones más sigulares, La flor de los jardines, hasta el triunfante, vertiginoso final.

Bychkov, quien acaba de grabar un CD con la Filarmónica Checa (una de las más exquisitas de Europa), y es muy apreciado en estos lares por haber dirigido entre 1997 y 2010 la Sinfónica de la Radio de Colonia (WDR), conoce a su vez de sobra al público alemán. De ahí que trajera a Brahms en los bises. Con la Danza húngara número 5 fue el acabose en la sala. Los espectadores dejaron formalidades y buenas costumbres a un lado para aplaudier al ritmo de la música, antes de ovacionar estruendosamente por último a los músicos checos y a su director ruso.

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