Artes visuales y exposiciones

El amargo desengaño de Thomas Mann en Estados Unidos

Juan Carlos Tellechea

lunes, 4 de marzo de 2019
Thomas Mann in Amerika © 2018 by Marbacher Magazine

Cuando la Alemania nazi hizo precipitarse en el caos a la Vieja Europa, el Nuevo Mundo se convirtió en la novel patria del escritor alemán Thomas Mann (Lübeck, 1875 – Zúrich, Suiza, 1955). Allí se crearon obras capitales, como Lotte in Weimar [Carlota en Weimar], 1939; Joseph, der Ernährer [José el Proveedor], 1943; Doktor Faustus [Doctor Fausto], 1947; y Der Erwählte [El elegido], 1951. Desde allí se dirigió Mann por radio a los oyentes alemanes, durante la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945). Su villa en los Ángeles se transformó en la Casa Blanca del Exilio.

Thomas Mann se convertiría así en patrono protector de la estirpe de los escritores, evocaba el filósofo y literato alemán (nacionalizado estadounidense) Ludwig Marcuse* (Berlín, 1894-balneario de aguas termales de Bad Wiessee/Alta Baviera, 1971), quien, al igual que él, tuvo que huir también del régimen genocida de Adolf Hitler en 1933 y se radicó en 1939 en Estados Unidos.

Una exposición inaugurada el pasado 22 de noviembre de 2018, en cooperación con el Archivo Thomas Mann de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich/Suiza, y que se extenderá hasta el 30 de junio de 2019 en el  Deutsches Literatur Archiv, DLA [Archivo Alemán de Literatura] de Marbach, la ciudad natal de Friedrich Schiller, se interroga sobre las consecuencias que tuvo para Thomas Mann su exilio en Estados Unidos.

El catálogo, contenido en el Marbacher Magazin números 163/164, fue preparado por el ex director general del DLA, Ulrich Raulff, y la ex directora de los museos del DLA, Ellen Strittmatter, bajo los auspicios de la Deutsche Schiller Gesellschaft [Sociedad Schiller de Alemania], entidad que respalda al Archivo Alemán de Literatura. Cabe mencionar, a título de actualización, que la nueva directora general del Deutsches Literatur Archiv de Marbach es desde el 1 de enero de 2019 la germanista, especialista en literatura y lingüistica, así como politóloga Sandra Richter, formada en las universidades de Hamburgo y Gießen, y con actividad docente en Londres, París y últimamente en Stuttgart, entre otros institutos de altos estudios.

La exhibición presenta a un escritor que luchaba por la democracia, que abogaba por la paz y la Humanidad y que en la crisis encontró una nueva poética de tenor político. Ningún ser viviente puede esquivar hoy la política, afirmaba Thomas Mann. En 1933 abandonó Alemania, cinco años más tarde dejaba también Suiza. Pero tampoco en Estados Unidos, donde buscaba refugio, pudo permanecer de forma duradera.

En abril de 1938 el escritorio de Mann apuntaba hacia el Océano Pacífico. Todo tenía allí su orden meticulosamente establecido. Cada figurilla se encontraba en su sitio preciso, cada manuscrito en el cajón correspondiente. Ahora podía suceder en el mundo lo que tuviera que ocurrir. El poeta y los suyos se encontraban de nuevo juntos, sin que él hubiera tenido que dar un paso. Donde estamos, estamos entre nosotros, escribiría en su diario. En los trabajos que realizo está mi patria, agregaba. Donde estoy, está Alemania, (…) la lengua alemana y su forma de pensar, lejos de la barbarie que comenzaba a presenciar el mundo en Europa. La anexión de Austria por la Alemania nazi se había perpetrado pocos días antes, en marzo de 1938.

En el verano del año siguiente la familia emprendió otra vez viaje a Europa. El 31 de agosto de 1939 y tras dictar conferencias en Suecia, Thomas Mann ofrecería una rueda de prensa en la que criticaría sin ambages a Adolf Hitler, según informaba un día después la prensa local. Temprano esa misma mañana la Wehrmacht había atacado por sorpresa a Polonia. El escritor temía la venganza de los nazis y creía encontrarse en medio de una trampa.

Los Mann habían reservado pasajes para regresar a Estados Unidos desde Southampton el 12 de septiembre. Así lo había declarado el mismo Thomas Mann en el encuentro con los informadores y el dato sería publicado por los periódicos. En un principio, reinaba incertidumbre sobre si la familia podría alcanzar a tiempo el barco; y, entretanto, sopesaba la posibilidad de solicitar asilo en Noruega. Fue entonces que Erika Mann (la hija del escritor) organizó la compra de billetes de avión para volar a Amsterdam y después a Londres. Sin embargo, el miedo atenazaba a la familia. Circulaban rumores de que la aviación alemana controlaría el tráfico aéreo a la caza de pasajeros buscados por las autoridades nazis.

El viaje a Londres finalmente se concretó y los Mann también pudieron embarcarse rumbo a Estados Unidos sin contratiempos. Sin embargo, los viajeros de primera clase no podrían disponer de camarotes individuales. Thomas Mann pernoctaría durante la travesía de seis días junto un enorme grupo de hombres. A su llegada a Nueva York anotaba el escritor en su diario: regreso al hogar o a algo así. Destino y hogar de emergencia en Estados Unidos, quizás para el resto de mi vida.

Pero, no. El premio Nobel de literatura de 1929, por Budenbrooks – Verfall einer Familie [Los Buddenbrook, decadencia de una familia], de 1901, se equivocaba. A Thomas Mann le aguardaba todavía otro regreso al hogar. De todas formas, hasta ese entonces habrían de pasar 13 años más. Serían casi tres lustros que marcarían su vida. A pesar de que el escritor tenía entonces 64 años de edad, ganaría otra vez en estatura literaria y además política.

La exhibición muestra la agitada y emocionante vida de Thomas Mann en el exilio estadounidense y describe las asombrosas transformaciones de un literato que alguna vez se consideró apolítico y que de pronto se vió confrontado con las maquinaciones de la política. Presenta además a un escritor que no solo se disfrazaba de estadounidense, sino que además entretejía con aparente facilidad en su obra al país que le dio asilo.

Thomas Mann, hijo de una acomodada familia (su padre, un patricio, comerciante y senador de la ciudad hanseática de Lübeck, y su madre la hija de un próspero terrateniente brasileño, originario de esa misma ciudad portuaria septentrional alemana, casado a su vez con la heredera de una acaudalada familia de origen portugués que poseía plantaciones de caña de azucar entre Río de Janeiro y Santos) era un emigrante privilegiado que no tenía ningún tipo de problemas económicos.

Esto se ve ya desde un comienzo, en las lujosas maletas (para la época) de cuero, de las que se portaban en las travesías transatlánticas de primera clase, que abren la exposición; en la atención de la prensa que lo esperaba a su arribo en Nueva York; lo mismo que la gente influyente que lo apoyaba y que lo introduciría en los círculos sociales más encumbrados; así como en la hermosa residencia en Pacific Palisades, cerca de Los Ángeles, que la familia pasaría a ocupar como propietaria en 1942. Hoy, la villa ha sido readquirida y restaurada por el gobierno de Alemania para destinarla a artistas y científicos becados por este país.

Un año antes Thomas Mann y su esposa (y musa) Katia, con quien tuvo seis hijos: Erika, Klaus, Golo, Monika, Elisabeth y Michael, encargarían al arquitecto Julius Ralph Davidson la construcción de la casa en la San Remo Drive al número 1550, para instalarse allí en 1942. Davidson, quien emigró a Estados Unidos en 1923 (diez años antes de la llegada al poder de Hitler en Alemania) era uno de los más destacados representantes de la modernidad californiana.

Thomas Mann hacía valer su prestigio y su influencia en ese momento para ayudar a los artistas y literatos que venían de Alemania. Recolectaba dinero, dictaba conferencias y extendía recomendaciones y avales para los perseguidos que buscaban asilo en Estados Unidos o en otros países. Al mismo tiempo, a partir de 1940 se dirigiría por radio directamente al pueblo alemán. Sus legendarios discursos eran irradiados por la BBC, al interior mismo de Alemania, por las frecuencias de onda larga.

El siniestro ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels (Rheydt/Mönchengladbach, 1897 – Berlín, 1945) anotaba entonces en su diario: ese depravado y podrido literato ha experimentado tantas metamorfosis desde 1914 que ya no será más tomado en serio en ningún sitio.

Realmente, Thomas Mann estaba irreconocible. Él que se había demorado tanto tiempo en darle la espalda públicamente a la Alemania nazi, luchaba ahora por la democracia, por la libertad de expresión y contra la guerra. Sus hijos, Erika y Klaus, principalmente, tenían decisiva participación en la politización de Thomas Mann a quien influyeron para que le dirigiera una carta al escritor y poeta Hermann Hesse (Calw/Württemberg, 1877-Montagnola/Tesino, Suiza, 1962): creo que ningún ser viviente puede esquivar hoy la política, escribiría en su misiva.

En la edición del New York Herald Tribune del 10 de junio de 1934, la escritora y periodista estadounidense Dorothy Thomson, fundadora de la Organización Mundial de Madres de Todas las Naciones (W.O.M.A.N), se congratulaba por el día en que arribó Thomas Mann por primera vez a Estados Unidos, titulando en la sección de libros: The Most Eminent Living Man of Letters.

La transformación de Mann se reflejaría asimismo en lo literario. En 1943 apareció la cuarta novela de su tetralogía Joseph und seine Brüder [José y sus hermanos], su obra más voluminosa: José el Proveedor, primera que escribió totalmente allí. La narración une al Antiguo Egipto con ese moderno país y da forma a la figura de José como un homenaje al 32º presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt (Hyde Park/Nueva York, 1882 – Warm Ssprings/Georgia, 1945), con el que había trabado amistad y con quien desayunaba precisamente el día en que éste asumía su tercer mandato. Emocionado por su presencia. Animada conversación. Tema principal su discurso inaugural. El punto de vista político-moral antes que el económico, escribiría Thomas Mann en su diario.

Ni bien apareció José el Proveedor, Thomas Mann retomó el tema de Fausto que tenía en mente desde hacía 40 años. Le parecía que había llegado el momento de atreverse con esa obra magistral. Doctor Fausto debía ser tanto una reflexión sobre la catástrofe de Alemania, con los crímenes del nacionalsocialismo, como una mirada más allá, hacia lo que quedará indeleblemente del fundamento cultural.

Cuando el editor Peter Suhrkamp recibió el manuscrito reconoció de inmediato la dimensión política de esa obra monumental indisoluble con su importancia literaria. Las formas artísticas en este libro son más que las formas literarias, son nuevos órganos para la recepción del mundo, más aún para la confrontación con él, puntualizaba el fundador de esa famosa empresa editorial.

A pesar de que Thomas Mann adoptó la nacionalidad estadounidense en 1944, el último capítulo de su vida no se escribiría allí. Desde 1937, cuando viajó por tercera vez a Estados Unidos, el escritor era vigilado por el FBI. A finales de la década de 1940 y con el comienzo de la era McCarthy (por el senador republicano Joseph McCarthy, 1908-1957) Mann cayó en la mira de los histéricos cazadores de comunistas. Al mismo tiempo temía en 1950 que Estados Unidos, con su radicalización, podría dejarse llevar a una guerra (efectivamente, la de Corea comenzaría el 25 de junio de ese año y se extendería hasta el armisticio de Panmunjom del 27 de julio de 1953 negociado por Naciones Unidas).

¡Qué amarga decepción para Thomas Mann!!! El coloso del norte era (y es hasta hoy...¡cómo lo saben sus vecinos y otros pueblos que han sufrido sus pérfidos actos imperialistas!!!) el país de los dos rostros; el que recuerda a Jano, dios de las puertas, los comienzos, los portales, las transiciones y los finales de la mitología romana, representado con dos caras, mirando hacia ambos lados de su perfil, al que fue consagrado el primer mes del año (enero), y que no tiene equivalente entre los mitos de la Antigua Grecia.

Y así volvían a reiterarse los hechos de la forma más curiosa. Nuevamente son los hijos, políticamente más despiertos, que impulsan a su padre a actuar. En el verano de 1950 la familia pasa sus vacaciones en St. Moritz (Suiza) y se plantea la posibilidad de no regresar más a Estados Unidos. Según Erika, Golo es de la opinión de que ahora para nada deberíamos regresar, escribe en su diario. El país sería una gran trampa para nosotros.

Sin embargo, la familia retornará a Estados Unidos, pero solo para arreglar ordenadamente un traslado definitivo hacia Europa. Alemania no entraba en cuestión. Admito que tengo miedo de las ruinas alemanas, tanto de las de piedra como de las humanas, confesaba Thomas Mann. El 1 de julio de 1952 los Mann se encontraban de nuevo en Zúrich. Todavía antes del viaje de regreso, escribiría Thomas Mann en su diario sobre su añoranza irracional del viejo terruño. No quería mezclar su cadáver con tierra estadounidense. Quiero (…) tener mi lápida en Suiza, manifestaba.

El 9 de mayo de 1955 el octogenario Thomas Mann visitaría el Museo Nacional Schiller, en el entonces recientemente fundado Archivo Alemán de Literatura de Marbach, con motivo del 150º aniversario de la muerte de Friedrich Schiller uno de los más grandes pensadores de Alemania, escritor, poeta, dramaturgo, filósofo, ensayista e historiador, además de médico. No acudiría, en cambio y lamentablemente, a la humilde casa natal de este prohombre en esa misma ciudad.

Mann había pronunciado un día antes en Stuttgart, y reiteraría en Weimar (en la hoy extinta República Democrática Alemana), el 14 de mayo, su famoso discurso y Ensayo sobre Schiller en el que alababa al más aplicado de todos los poetas alemanes, mientras vaticinaba que la humanidad brutal y codiciosa, que no ha aprendido absolutamente nada a través de dos guerras mundiales, se está preparando ahora para la Guerra Fría, con la bomba de hidrógeno.

Este fue el que podríamos considerar como su legado a la posteridad. Thomas Mann disfrutaría a mediados de julio de unos días de descanso en un balneario neerlandés en el Mar del Norte, y fallecería un mes después, el 12 de agosto de 1955, tras ser tratado en Zúrich por una trombósis en su pierna izquierda y como consecuencia de la ruptura de un aneurisma aórtico abdominal, derivada de una ateroesclerosis avanzada.

Notas

No confundir con el sociólogo, politólogo y también filósofo Herbert Marcuse (Berlín, 1898-Starnberg/Baviera, 1979), uno de los primeros teóricos de la Escuela de Frankfurt e inspirador de las revueltas estudiantiles de la década de 1960, con el que no le unía ningún parentesco directo. Éste también emigró a Estados Unidos huyendo del nazismo

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