Obituario

En recuerdo de Heather

Jorge Binaghi

martes, 23 de abril de 2019

El lunes 22 de abril de 2019 es fiesta en Cataluña y es el día en que los padrinos y afines regalan la ‘mona’ de Pascua. Un día en principio bonito y tranquilo pese al clima desapacible. Ni siquiera cuando personalmente en los últimos años más de una vez le he deseado descanso, la noticia del fallecimiento de Heather Harper me ha hecho menos daño. No la veía hacía tiempo: cuando últimamente he pasado por Londres (siempre fugazmente, y esa era mi excusa) no he ido, como ‘antes’, de visita porque ya las dos últimas habían sido dolorosas.

Heather supo ser una soprano distinguida, gran profesional, musicalísima, de esas que se adhieren a la partitura como a un guante. Cantó mucho y en muchos lugares aunque nunca fue –por suerte para ella y los demás– una “star”. Suele suceder cada vez más con quienes hacen de la música su vida sin estar pendientes de distinciones, consagraciones periodísticas, etc. Y en consecuencia se los da por sentados. En un mundo al revés como el nuestro es natural que esto ocurra. Pero lo que puede ser natural en un momento dado no es que sea siempre lo correcto.

Como seguramente estará de acuerdo mi colega y sin embargo amigo Agustín Blanco Bazán, Heather era no solo quien en el Teatro Colón de Buenos Aires nos cantó Marguerite, Vitellia, Elvira (dos veces si no me falla la memoria; yo la vi solo una), Arabella, Ellen Orford entre los sesenta y ochenta, dio conciertos y masterclasses. Era también la que debutó allí, como debía ser, con el War Requiem de Benjamin Britten y la que se casó con nuestro amigo Eduardo Benarroch.

Más que en sus interpretaciones –todas de excelente nivel– en este momento en que se me pide un obituario, me centro en aquel debut y en un recuerdo personal.

Ella ofreció el estreno absoluto de la obra de Britten (que también en ese mismo 1962 se presentó en Buenos Aires). La obra fue pensada para reunir a tres cantantes concretos de tres países implicados en la Segunda Guerra Mundial: Alemania (Dietrich Fischer Dieskau), Reino Unido (Peter Pears, naturalmente) y Rusia o la URSS (Galina Vishnevskaya). Cuando en uno de esos ‘golpes de humor’ –seamos eufemísticos– que han cambiado de forma pero no se han extinguido en el gran país de los Urales le fue negada a la soprano el permiso para viajar, Britten recurrió a Heather, su amiga y apreciadísima artista. Quién sabe cuál habría sido la reacción de otra diva o de una “star” en un momento fulgurante de su carrera. Heather (nunca se lo pregunté porque tenía su carácter y a ver qué me habría contestado pues su lengua era afilada) no se ofendió por ser segundo plato: no rechistó y ocupó su lugar, que finalmente merecía pese a duplicar la presencia británica (aunque irlandesa del norte de nacimiento, no nos metamos ahora en esos problemas). 

Fue la primera vez que la escuché en directo. Fue la última cuando Heather cantó esta obra en Nüremberg (ella habría agregado “of all places!”) para recordar otro aniversario más del final de esa repulsiva y necesaria guerra (y tardía, ya que estamos, para que todos coman su parte de pastel) con la obra de un pacifista, Britten, que se había negado a participar en ella. La voz estaba prácticamente igual que la vez primera y fue de lejos lo mejor del concierto aunque admito que oírlo donde lo oí me estremeció tanto que ese día mis facultades críticas no estaban al cien por cien. ¡Pero cómo se preparó! Nos echó de su habitación  para que la dejásemos concentrarse (“tengo que actuar, parece que no os dais cuenta”).

Los otros recuerdos que comparto se refieren a su vida privada y me interesan porque reflejan el carácter y la persona. Estaba casada cuando conoció en Buenos Aires a Eduardo. Como era una mujer de una pieza y valiente prefirió seguir los mandatos de su corazón que el de las conveniencias (alguien “prudente” diría “sensatez”) incluso económicas para divorciarse y casarse con él. Leal, decidida, la recuerdo también paseando a su perra Bianca (la última que tuvo y que me detestaba), así como en Covent Garden escuchando su observaciones (justas aunque no piadosas). 

Para ella en la música no había más que una posibilidad: hacer las cosas bien. También la recuerdo yendo a comprar el periódico o riendo y charlando animadamente en almuerzos en un restaurante que había frecuentado Dirk Bogarde, o en su maravillosa casa.

Termino con el recuerdo de la penúltima visita. Mientras degustaba una de esas tartas que la enloquecían me dijo: “¿puedes ir al cine de enfrente a comprar una entrada para la transmisión del Jardín de los cerezos de Chéjov?” Dije que sí y empezó la lucha por quién iba a pagar (por una vez gané, pero sudé lo mío) y luego vinieron las recomendaciones detalladas sobre qué localidades comprar. 

Crucé la calle sudando, pensando si mi inglés sería lo bastante bueno para explicar exactamente lo que Miss Harper quería. Preparé el discurso y cuando empecé a soltarlo, la simpática vendedora me interrumpió: “ah, la señora de enfrente; no se preocupe, sé exactamente qué quiere”. Respiré y volví orgulloso con la entrada, que fue inspeccionada de inmediato y, trágame tierra, oigo una voz gélida que me decía “I said left!”. Yo recordaba que había dicho “right”, pero no hubo forma y cuando le expliqué que me la habían vendido recordando perfectamente quién era y sus preferencias dijo: “they do stupid things all the time. Go back and tell them.” Pues ahí me tienen ustedes volviendo cual pollo mojado y diciendo que no era “right” sino “left”. Más simpática que nunca, la vendedora me dijo “ah, debí suponerlo. La señora siempre hace lo mismo. No se preocupe”. Y cambió la entrada. Regresé, fui interrogado severamente sobre si les había dicho que todo el tiempo hacían cosas estúpidas, mentí como un bellaco, y la sentencia final fue: “una no puede confiar en los hombres”.

Palabra de Heather Harper, que también podría haber suscrito el título de las memorias de Neruda: Confieso que he vivido. Telón.

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